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  04 de Septiembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button

La práctica de la fe y el valor comienza con los pequeños detalles de
la vida diaria. El primer paso consiste en observar cuándo y dónde se
pierde la fe, analizar las racionalizaciones que se usan para soslayar
esa pérdida de fe, reconocer cuándo se actúa cobardemente y cómo
se lo racionaliza. Reconocer cómo cada traición a la fe nos debilita, y
cómo la mayor debilidad nos lleva a una nueva traición, y así en
adelante, en un círculo vicioso. Entonces reconoceremos también
que mientras tememos conscientemente no ser amados, el temor
real, aunque habitualmente inconsciente, es el de amar. Amar
significa comprometerse sin garantías, entregarse totalmente con la
esperanza de producir amor en la persona amada. El amor es un acto
de fe, y quien tenga poca fe también tiene poco amor. ¿Es posible
decir algo más acerca de la práctica de la fe? Quizás otro podría
hacerlo; si yo fuera poeta o predicador, podría intentarlo. Pero puesto
que no soy ni lo uno ni lo otro, no puedo ni siquiera intentar decir algo
más sobre la práctica de la fe, pero estoy seguro de que cualquiera
realmente interesado puede aprender a tener fe como un niño
aprende a caminar.

Una actitud, indispensable para la práctica del arte de amar, que
hasta ahora sólo hemos mencionado de modo implícito, debe
examinarse explícitamente ahora, pues es funda mental: la actividad.
He dicho antes que actividad no significa «hacer algo», sino una
actividad interior, el uso productivo de los propios poderes. El amor
es una actividad; si amo, estoy en un constante estado de
preocupación activa por la persona amada, pero no sólo por ella.

Porque seré incapaz de relacionarme activamente con la persona
amada si soy perezoso, si no estoy en un constante estado de
conciencia, alerta y actividad. El dormir es la única situación
apropiada para la inactividad; en el estado de vigilia no debe haber
lugar para ella. La situación paradójica de multitud de individuos hoy
en día es que están semidormidos durante el día, y semidespiertos
cuando duermen o cuando quieren dormir. Estar plenamente
despierto es la condición para no aburrirnos o aburrir a los demás -y
sin duda no estar o no ser aburrido es una de las condiciones fundamentales
para amar-. Ser activo en el pensamiento, en el
sentimiento, con los ojos y los oídos, durante todo el día, evitar la
pereza interior, sea que ésta signifique mantenerse receptivo,
acumular o meramente perder el tiempo, es condición indispensable
para la práctica del arte de amar. Es una ilusión creer que se puede
dividir la vida en forma tal que uno sea productivo en la esfera del
amor e improductivo en las demás. La productividad no permite una
tal división del trabajo. La capacidad de amar exige un estado de
intensidad, de estar despierto, de acrecentada vitalidad, que sólo
puede ser el resultado de una orientación productiva y activa en
muchas otras esferas de la vida. Si no se es productivo en otros
aspectos, tampoco se es productivo en el amor.

El examen del arte de amar no puede limitarse al dominio personal de
la adquisición y desarrollo de las características y aptitudes que
hemos descrito en este capítulo. Está inseparablemente relacionado
con el dominio social. Si amar significa tener una actitud de amor
hacia todos, si el amor es un rasgo caracterológico, necesariamente
debe existir no sólo en las relaciones con la propia familia y los
amigos, sino también para con los que están en contacto con
nosotros a través del trabajo, los negocios, la profesión. No hay una
«división del trabajo» entre el amor a los nuestros y el amor a los
ajenos. Por el contrario, la condición para la existencia del primero es
la existencia del segundo. Comprender esto seriamente sin duda implica
un cambio bastante drástico con respecto a las relaciones
sociales acostumbradas. Si bien se habla mucho del ideal religioso
del amor al prójimo, nuestras relaciones están de hecho
determinadas, en el mejor de los casos, por el principio de equidad.

Equidad significa no engañar ni hacer trampas en el intercambio de
artículos y servicios, o en el intercambio de sentimientos. «Te doy
tanto como tú me das», así en los bienes materiales como en el
amor, es la máxima ética predominante en la sociedad capitalista.
Hasta podría decirse que el desarrollo de una ética de la equidad es
la contribución ética particular de la sociedad capitalista.

Las razones de tal situación radican en la naturaleza misma de la
sociedad capitalista. En las sociedades precapitalistas, el intercambio
de mercaderías estaba determinado por la fuerza directa, por la
tradición, o por lazos personales de amor o amistad. En el
capitalismo, el factor que todo lo determina en el intercambio es el
mercado. Se trate del mercado de productos, del laboral o del de
servicios, cada persona trueca lo que tiene para vender por lo que
quiere conseguir en las condiciones del mercado, sin recurrir a la
fuerza o al fraude.

La ética de la equidad se presta a confusiones con la ética de la
Regla Dorada. La máxima «haz a los demás lo que quisieras que te
hicieran a ti» puede interpretarse como «sé equitativo en tu
intercambio con los demás». Pero, en realidad, se formuló
originalmente como una versión popular del «Ama a tu prójimo como
a ti mismo» bíblico. Por cierto, la norma judeocristiana de amor
fraternal es totalmente diferente de la ética de la equidad. Significa
amar al prójimo, es decir, sentirse responsable por él y uno con él,
mientras que la ética equitativa significa no sentirse responsable y
unido, sino distante y separado; significa respetar los derechos del
prójimo, pero no amarlo. No es un accidente el que la Regla Dorada
se haya convertido en la más popular de las máximas religiosas
actuales; obedece ello a que es susceptible de interpretarse en términos
de una ética equitativa que todos comprenden y están dispuestos
a practicar. Pero la práctica del amor debe comenzar por reconocer la
diferencia entre equidad y amor.

Aquí, sin embargo, surge un importante problema. Si toda nuestra
organización social y económica está basada en el hecho de que
cada uno trate de conseguir ventajas para sí mismo, si está regida
por el principio del egotismo atemperado sólo por el principio ético de
equidad, ¿cómo es posible hacer negocios, actuar dentro de la
estructura de la sociedad existente y, al mismo tiempo, practicar el
amor? ¿No implica lo segundo renunciar a todas las preocupaciones
seculares y compartir la vida de los más pobres? Los monjes
cristianos y personas tales como Tolstoy, Albert Schweitzer y Simone
Weil han planteado y resuelto ese problema en forma radical. Otros
(Cf. el artículo de Herbert Marcuse, «The Social Implications of Psychoanalytic
Revisionism», Dissent, Nueva York, verano de 1956.)
comparten la opinión de que en nuestra sociedad existe una
incompatibilidad básica entre el amor y la vida secular normal. Llegan
a la conclusión de que hablar de amor en el presente sólo significa
participar en el fraude general; sostienen que sólo un mártir o un loco
puede amar en el mundo actual, y, por lo tanto, que todo examen del
amor no es otra cosa que una prédica. Este respetable punto de vista
se presta fácilmente a una racionalización del cinismo. En realidad,
es implícitamente compartido por la persona corriente que siente:
«me gustaría ser un buen cristiano, pero tendría que morirme de
hambre si lo tomara en serio». Este radicalismo resulta un nihilismo
moral. Tanto los «pensadores radicales» como la persona corriente
son autómatas carentes de amor, y la única diferencia entre ellos
consiste en que la segunda no tiene conciencia de serlo, mientras
que los primeros conocen y reconocen la «necesidad histórica» de
ese hecho.

Tengo la convicción de que la respuesta a la absoluta incompatibilidad
del amor y la vida «normal» sólo es correcta en un
sentido abstracto. El principio sobre el que se basa la sociedad
capitalista y el principio del amor son incompatibles. Pero la sociedad
moderna en su aspecto concreto es un fenómeno complejo. El
vendedor de un artículo inútil, por ejemplo, no puede operar
económicamente sin mentir; un obrero especializado, un químico o un
médico pueden hacerlo. De manera similar, un granjero, un obrero,
un maestro y muchos tipos de hombres de negocios pueden tratar de
practicar el amor sin dejar de funcionar económicamente. Aun si
aceptamos que el principio del capitalismo es incompatible con el
principio del amor, debemos admitir que el «capitalismo» es, en si
mismo, una estructura compleja y continuamente cambiante, que incluso
permite una buena medida de disconformidad y libertad
personal.

Con esa afirmación, sin embargo, no deseo significar que podemos
esperar que el sistema social actual continúe indefinidamente, y, al
mismo tiempo, confiar en la realización del ideal de amor hacia
nuestros hermanos. La gente capaz de amar, en el sistema actual,
constituye por fuerza la excepción; el amor es inevitablemente un
fenómeno marginal en la sociedad occidental contemporánea. No
tanto porque las múltiples ocupaciones no permiten una actitud
amorosa, sino porque el espíritu de una sociedad dedicada a la
producción y ávida de artículos es tal que sólo el no conformista
puede defenderse de ella con éxito. Los que se preocupan
seriamente por el amor como única respuesta racional al problema de
la existencia humana deben, entonces, llegar a la conclusión de que
para que el amor se convierta en un fenómeno social y no en una
excepción individualista y marginal, nuestra estructura social necesita
cambios importantes y radicales. Dentro de los límites de este libro,
sólo podemos sugerir la dirección de tales cambios. (En mi libro
Psicoanálisis de la sociedad contemporánea, México, Fondo de
Cultura Económica, 1956, procuré examinar detalladamente ese problema.)
Nuestra sociedad está regida por una burocracia administrativa,
por políticos profesionales; los individuos son motivados por
sugestiones colectivas; su finalidad es producir más y consumir más,
como objetivos en sí mismos. Todas las actividades están
subordinadas a metas económicas, los medios se han convertido en
fines; el hombre es un autómata -bien alimentado, bien vestido, pero
sin interés fundamental alguno en lo que constituye su cualidad y
función peculiarmente humana-.

Si el hombre quiere ser capaz de amar, debe colocarse en su lugar
supremo. La máquina económica debe servirlo, en lugar de ser él
quien esté a su servicio. Debe capacitarse para compartir la
experiencia, el trabajo, en vez de compartir, en el mejor de los casos,
sus beneficios. La sociedad debe organizarse en tal forma que la
naturaleza social y amorosa del hombre no esté separada de su
existencia social, sino que se una a ella. Si es verdad, como he
tratado de demostrar, que el amor es la única respuesta satisfactoria
al problema de la existencia humana, entonces toda sociedad que
excluya, relativamente, el desarrollo del amor, a la larga perece a
causa de su propia contradicción con las necesidades básicas de la
naturaleza del hombre. Hablar del amor no es «predicar», por la
sencilla razón de que significa hablar de la necesidad fundamental y
real de todo ser humano. Que esa necesidad haya sido oscurecida no
significa que no exista. Analizar la naturaleza del amor es descubrir
su ausencia general en el presente y criticar las condiciones sociales
responsables de esa ausencia. Tener fe en la posibilidad del amor
como un fenómeno social y no sólo excepcional e individual, es tener
una fe racional basada en la comprensión de la naturaleza misma del
hombre.

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