La web de la seducción
  20 de Noviembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button

La fe racional arraiga en la actividad productiva intelectual y
emocional. Constituye un importante componente del pensar racional,
en el que se supone que la fe no tiene lugar. ¿Cómo llega un
científico, por ejemplo, a un nuevo descubrimiento? ¿Comienza
haciendo experimento tras experimento, reuniendo los hechos uno
después del otro, sin una visión de lo que espera encontrar? Es
excepcional que, un descubrimiento realmente importante se haya
hecho de esa manera en cualquier terreno. Ni tampoco ocurre que la
gente arribe a conclusiones significativas cuando se limita a perseguir
una fantasía. El proceso del pensamiento creador en cualquier campo
del esfuerzo humano suele comenzar con lo que podríamos llamar
una «visión racional», que constituye a su vez el resultado de
considerables estudios previos, pensamiento reflexivo y observación.

Cuando un científico logra reunir suficientes datos, o elaborar una
fórmula matemática que hace altamente plausible su visión original,
puede decirse que ha llegado a una hipótesis de ensayo. Un
cuidadoso análisis de la hipótesis, con el fin de discernir sus
consecuencias, y la recopilación de datos que la apoyan, llevan a una
hipótesis más adecuada y, quizás, eventualmente, a su inclusión en
una teoría de amplio alcance.

La historia de la ciencia está llena de ejemplos de fe en la razón y en
las visiones de la verdad. Copérnico, Kepler, Galileo y Newton
estaban imbuidos de una inconmovible fe en la razón. Por ella Bruno
murió quemado en la hoguera y Spinoza sufrió la excomunión. A
cada paso, desde la concepción de una visión racional hasta la
formulación de una teoría, es necesaria la fe; fe en la visión de una
finalidad racionalmente válida que alcanzar, fe en la hipótesis como
una proposición probable y plausible, y fe en la teoría final, al menos
hasta que se llegue a un consenso general acerca de su validez. Esa
fe está arraigada en la propia experiencia, en la confianza en el
propio poder de pensamiento, observación y juicio. Al tiempo que la
fe irracional es la aceptación de algo como verdadero sólo porque así
lo afirma una autoridad o la mayoría, la fe racional tiene sus raíces en
una convicción independiente basada en el propio pensamiento y
observación productivos, a pesar de la opinión de la mayoría.

El pensamiento y el juicio no constituyen el único dominio de la
experiencia en el que se manifiesta la fe racional. En la esfera de las
relaciones humanas, la fe es una cualidad indispensable de cualquier
amistad o amor significativos. «Tener fe» en otra persona significa
estar seguro de la confianza e inmutabilidad de sus actitudes
fundamentales, de la esencia de su personalidad, de su amor. No me
refiero aquí a que una persona no pueda modificar sus opiniones,
sino a que sus motivaciones básicas son siempre las mismas; que,
por ejemplo, su respeto por la vida y la dignidad humanas sea parte
de ella, no algo tornadizo.

En igual sentido, tenemos fe en nosotros mismos. Tenemos
conciencia de la existencia de un yo, de un núcleo de nuestra
personalidad que es inmutable y que persiste a través de nuestra
vida, no obstante las circunstancias cambiantes y con independencia
de ciertas modificaciones de nuestros sentimientos y opiniones. Ese
núcleo constituye la realidad que sustenta a la palabra «yo», la
realidad en la que se basa nuestra convicción de nuestra propia
identidad. A menos que tengamos fe en la persistencia de nuestro yo,
nuestro sentimiento de identidad se verá amenazado y nos haremos
dependientes de otra gente, cuya aprobación se convierte entonces
en la base de nuestro sentimiento de identidad. Sólo la persona que
tiene fe en sí misma puede ser fiel a los demás, pues sólo ella puede
estar segura de que será en el futuro igual a lo que es hoy y, por lo
tanto, de que sentirá y actuará como ahora espera hacerlo. La fe en
uno mismo es una condición de nuestra capacidad de prometer, y
puesto que, como dice Nietzsche, el hombre puede definirse por su
capacidad de prometer, la fe es una de las condiciones de la
existencia humana. Lo que importa en relación con el amor es la fe
en el propio amor; en su capacidad de producir amor en los demás, y
en su confianza.

Otro aspecto de la fe en otra persona refiérese a la fe que tenemos
en las potencialidades de los otros. La forma más rudimentaria en
que se manifiesta es la fe que tiene la madre en su hijo recién nacido:
en que vivirá, crecerá, caminará y hablará. Sin embargo, el desarrollo
del niño en ese sentido se produce con tal regularidad que parecería
que no es necesaria la fe para estar seguro de él. Algo distinto ocurre
con las potencialidades que pueden no desarrollarse: las de amar,
ser feliz, utilizar la razón, y otras más específicas, el talento artístico,
por ejemplo. Son las semillas que crecen y se manifiestan si se dan
las condiciones apropiadas para su desarrollo, y que pueden
ahogarse cuando éstas faltan.

De tales condiciones, una de las más importantes es que la persona
de mayor influencia en la vida del niño tenga fe en esas
potencialidades. La presencia de dicha fe es lo que determina la
diferencia entre educación y manipulación. Educación significa
ayudar al niño a realizar sus potencialidades.(La raíz de la palabra
educación es e-ducere, literalmente, conducir desde, o extraer algo
que existía potencialmente.) Lo contrario de la educación es la
manipulación, que se basa en la ausencia de fe, en el desarrollo de
las potencialidades y en la convicción de que un niño será como
corresponde sólo si los adultos le inculcan lo que es deseable y
suprimen lo que parece indeseable. No hay necesidad de tener fe en
el robot, puesto que tampoco hay vida en él.

La fe en los demás culmina en la fe en la humanidad. En el mundo
occidental, esa fe se expresa en términos religiosos en la religión
judeo-cristiana, y en lenguaje secular tiene su expresión más
poderosa en las ideas políticas y sociales humanísticas de los últimos
ciento cincuenta años. Al igual que la fe en el niño, se basa en la idea
de que las potencialidades del hombre son tales que, dadas las
condiciones apropiadas, podrá construir un orden social gobernado
por los principios de igualdad, justicia y amor. El hombre no ha
logrado aún construir ese orden, y, por lo tanto, la convicción de que
puede hacerlo necesita fe. Pero como toda fe racional, tampoco ésa
es una mera expresión de deseos, sino que se basa en la evidencia
de los logros del pasado de la raza humana y en la experiencia
interior de cada individuo en su propia experiencia de la razón y el
amor.

Mientras que la fe irracional arraiga en la sumisión a un poder que se
considera avasalladoramente poderoso, omnisapiente y omnipotente,
y en la abdicación del poder y la fuerza propios, la fe racional se basa
en la experiencia opuesta. Tenemos fe en una idea porque es el
resultado de nuestras propias observaciones y nuestro pensamiento.
Tenemos fe en las potencialidades de los demás, en las nuestras y
en las de la humanidad, porque, y sólo en esa medida, hemos
experimentado el desarrollo de nuestras propias potencialidades, la
realidad del crecimiento en nosotros mismos, la fuerza de nuestro
propio poder y del amor. La base de la fe racional es la productividad;
vivir de acuerdo con nuestra fe, significa vivir productivamente. Se
deduce de ello que la creencia en el poder (en el sentido de
dominación) y en el uso del poder constituye el reverso de la fe.

Creer en el poder que existe es lo mismo que creer en el desarrollo
de las potencialidades aún no realizadas. Es una predicción del futuro
basada únicamente en el presente manifiesto; pero resulta ser un
grave error de cálculo, profundamente irracional en su descuido de
las potencialidades y el crecimiento humanos. No hay una fe racional
en el poder. Hay una sumisión a él o, por parte de quienes lo tienen,
el deseo de conservarlo. Si bien para muchos el poder es la más real
de todas las cosas, la historia del hombre ha demostrado que es el
más inestable de todos los logros humanos. Debido a que la fe y el
poder se excluyen mutuamente, todos los sistemas religiosos y
políticos que se construyeron originariamente sobre una fe racional,
se corrompieron y, eventualmente, pierden la fuerza que pueda
quedarles, si sólo confían en el poder o se alían a él.

Tener fe requiere coraje, la capacidad de correr un riesgo, la
disposición a aceptar incluso el dolor y la desilusión. Quien insiste en
la seguridad y la tranquilidad como condiciones primarias de la vida
no puede tener fe; quien se encierra en un sistema de defensa,
donde la distancia y la posesión constituyen los medios que dan
seguridad, se convierte en un prisionero. Ser amado, y amar, requiere
coraje, la valentía de atribuir a ciertos valores fundamental
importancia -y de dar el salto y apostar todo a esos valores-.
Ese coraje es muy distinto de la valentía a la que se refirió el famoso
fanfarrón Mussolini cuando utilizó el lema «vivir peligrosamente». Su
tipo de coraje es el coraje del nihilismo. Está arraigado en una actitud
destructiva hacia la vida, en la voluntad de arriesgar la vida porque
uno es incapaz de amarla. El coraje de la desesperación es lo
contrario del coraje del amor, tal como la fe en el poder es lo opuesto
de la. fe en la vida.

¿Hay algo que deba practicarse en relación con la fe y el valor?
Indudablemente, la fe puede practicarse a cada momento. Requiere
fe criar a un niño; se necesita fe para dormirse, para comenzar
cualquier tarea. Pero todos estamos acostumbrados a tener ese tipo
de fe. Quien no la posee, sufre enorme angustia por su hijo, por su
insomnio, o por su incapacidad para realizar cualquier trabajo
productivo; o es suspicaz, se abstiene de acercarse a nadie, o es
hipocondríaco o incapaz de hacer planes a largo plazo. Mantener la
propia opinión sobre una persona, aunque la opinión pública o
algunos hechos imprevistos parezcan invalidarla, mantener las
propias convicciones aunque éstas no sean populares: todo eso
requiere fe y coraje. Tomar las dificultades, los reveses y penas de la
vida como un desafío cuya superación nos hace más fuertes, y no
como un injusto castigo que no tendríamos que recibir nosotros,
requiere fe y coraje.

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