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  04 de Septiembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button

Si bien impartimos conocimiento, estamos descuidando la enseñanza
más importante para el desarrollo humano: la que sólo puede
impartirse por la simple presencia de una persona madura y amante.

En épocas anteriores de nuestra cultura, o en la China y la India, el
hombre más valorado era el que poseía cualidades espirituales
sobresalientes. Ni siquiera el maestro era única, o primariamente, una
fuente de información, sino que su función consistía en transmitir
ciertas actitudes humanas. En la sociedad capitalista contemporánea
-así como en el comunismo ruso- los hombres propuestos para la
admiración y la emulación son cualquier cosa menos arquetipos de
cualidades espirituales significativas. Los que el público admira
esencialmente son los que dan al hombre corriente una sensación de
satisfacción substitutiva. Estrellas cinematográficas, animadores
radiales, periodistas, importantes figuras del comercio o el gobierno,
tales son los modelos de emulación. A menudo su principal
calificación para esa función es que han logrado aparecer en letras
de molde. Sin embargo, la situación no parece totalmente
irremediable. Si se contempla el hecho de que un hombre como
Albert Schweitzer se haya hecho famoso en los Estados Unidos, si se
tienen en cuenta las múltiples posibilidades de familiarizar a nuestra
juventud con personalidades históricas y contemporáneas que
demuestran lo que los seres humanos pueden lograr como tales, y no
como anfitriones (en el sentido más amplio de la palabra), si se
piensa en las grandes obras de la literatura y el arte de todas las
épocas, parece que existe la posibilidad de crear una visión de un
buen funcionamiento humano, y por lo tanto una sensibilidad al mal
funcionamiento. Si no lográramos mantener viva una visión de la vida
madura, entonces indudablemente nos veríamos frente a la
probabilidad de que nuestra tradición cultural se derrumbe. Esa
tradición no se basa fundamentalmente en la transmisión de cierto
tipo de conocimiento, sino en la de ciertas clases de rasgos humanos.

Si la generación siguiente deja de ver esos rasgos, se derrumbará
una cultura de cinco mil años, aunque su conocimiento se transmita y
se siga desarrollando.

Hasta aquí me he referido a las condiciones para la práctica de
cualquier arte. Examinaré ahora las cualidades de particular
importancia para la capacidad de amar. De acuerdo con lo dicho
sobre la naturaleza del amor, la condición fundamental para el logro
del amor es la superación del propio narcisismo. En la orientación
narcisista se experimenta como real sólo lo que existe en nuestro
interior, mientras que los fenómenos del mundo exterior carecen de
realidad de por sí y se experimentan sólo desde el punto de vista de
su utilidad o peligro para uno mismo. El polo opuesto del narcisismo
es la objetividad; es la capacidad de ver a la gente y las cosas tal
como son, objetivamente, y poder separar esa imagen objetiva de la
imagen formada por los propios deseos y temores. En todas las
formas de psicosis hay una incapacidad extrema para ser objetivo.

Para el insano, la única realidad que existe es la que está dentro de
él, la de sus temores y deseos. Ve el mundo exterior como símbolos
de su mundo interior, como su creación. Y todos procedemos de
idéntica manera cuando soñamos. En el sueño producimos hechos,
ponemos dramas en escena, que constituyen la expresión de
nuestros anhelos y temores (aunque algunas veces también de
nuestras intuiciones y juicios), y, mientras dormimos, estamos
convencidos de que el producto de nuestros sueños es tan real como
la realidad que percibimos en el estado de vigilia.

El insano o el soñador carecen completamente de una visión objetiva
del mundo exterior; pero todos nosotros somos más o menos
insanos, o estamos más o menos dormidos; todos nosotros tenemos
una visión no objetiva del mundo, que está deformada por nuestra
orientación narcisista. ¿Es necesario dar ejemplos? Cualquiera puede
encontrarlos fácilmente observándose a sí mismo, a sus vecinos y
leyendo los diarios; varían únicamente en el grado de deformación
narcisista de la realidad. Una mujer, por ejemplo, llama al médico,
diciendo que quiere visitarlo en su consultorio esa tarde. El médico
responde que no tiene tiempo ese día, pero que puede atenderla al
día siguiente. La respuesta de la mujer es: «Pero, doctor, vivo sólo a
cinco minutos de su consultorio.» No puede entender la explicación
del médico de que a él no le ahorra tiempo que la distancia sea tan
corta. Ella experimenta la situación narcisísticamente: puesto que ella
ahorra tiempo, él ahorra tiempo; para ella, la única realidad es ella
misma.

Menos extremas -tal vez menos evidentes- son las deformaciones tan
comunes en las relaciones interpersonales. ¿Cuántos padres
experimentan las reacciones del hijo en función de la obediencia, de
que los complazca, les haga hacer un buen papel, y así siguiendo, en
lugar de percibir o interesarse por lo que el niño siente para y por sí
mismo? ¿Cuántos esposos ven a sus mujeres como dominadoras
porque su propia relación con sus madres les hace interpretar
cualquier demanda como una limitación de su libertad? ¿Cuántas
esposas piensan que sus maridos son ineficaces o estúpidos porque
no responden a la fantasía del espléndido caballero que construyeron
en su infancia?

En lo que a las naciones extranjeras atañe, la falta de objetividad es
más que notoria. De un día para el otro, una nación pasa a ser
considerada totalmente depravada y perversa, al tiempo que la propia
nación representa todo lo que es bueno y noble. Toda acción del
enemigo se juzga según una norma, y toda acción propia según otra.
Hasta las buenas obras. realizadas por el enemigo se consideran
signos de una perversidad particular con las que se propone engañar
a nuestro país y al mundo, en tanto que nuestras malas acciones son
necesarias y encuentran justificación en las nobles finalidades que
sirven. Es indudable que si examinamos la relación entre las
naciones, tanto como entre los individuos, llegamos a la conclusión
de que la objetividad es la excepción, y lo corriente una deformación
narcisista en mayor o menor grado.

La facultad de pensar objetivamente es la razón; la actitud emocional
que corresponde a la razón es la humildad. Ser objetivo, utilizar la
propia razón, sólo es posible si se ha alcanzado una actitud de
humildad, si se ha emergido de los sueños de omnisciencia y
omnipotencia de la infancia.

En los términos de este análisis de la práctica del arte de amar, ello
significa: puesto que el amor depende de la ausencia relativa del
narcisismo, requiere el desarrollo de humildad, objetividad y razón.

Toda la vida debe estar dedicada a esa finalidad. La humildad y la
objetividad son indivisibles, tal como lo es el amor. No puedo ser
verdaderamente objetivo con respecto a mi familia si no puedo serlo
con un extraño, y viceversa. Si quiero aprender el arte de amar, debo
esforzarme por ser objetivo en todas las situaciones y hacerme
sensible a la situación frente a la que no soy objetivo. Debo tratar de
ver la diferencia entre mi imagen de una persona y de su conducta,
tal como resulta de la deformación narcisista, y la realidad de esa
persona tal como existe independientemente de mis intereses,
necesidades y temores. La adquisición de la capacidad de ser
objetivo y de la razón, representa la mitad del camino hacia el
dominio del arte de amar, pero debe abarcar a todos los que están en
contacto conmigo. Si alguien quisiera reservar su objetividad para la
persona amada, y cree que no necesita de ella en su relación con el
resto del mundo, pronto descubrirá que fracasa en ambos sentidos.

La capacidad de amar depende de la propia capacidad para superar
el narcisismo y la fijación incestuosa a la madre y al clan; depende de
nuestra capacidad de crecer, de desarrollar una orientación
productiva en nuestra relación con el mundo y con nosotros mismos.
Tal proceso de emergencia, de nacimiento, de despertar, necesita de
una cualidad como condición necesaria: fe. La práctica del arte de
amar requiere la práctica de la fe.

¿Qué es la fe? ¿Es la fe necesariamente una cuestión de creencia en
Dios, o en doctrinas religiosas? ¿Está inevitablemente en contraste u
oposición con la razón y el pensamiento racional? Aun para empezar
a comprender el problema de la fe es necesario diferenciar la fe
racional de la irracional. Al hablar de fe irracional me refiero a la
creencia (en una persona o una idea) que se basa en la sumisión a
una autoridad irracional. Por el contrario, la fe racional es una
convicción arraigada en la propia experiencia mental o afectiva. La fe
racional no es primariamente una creencia en algo, sino la cualidad
de certeza y firmeza que poseen nuestras convicciones. La fe es un
rasgo caracterológico que penetra toda la personalidad, y no una
creencia específica.

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