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  04 de Septiembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button

La concentración es, con mucho, más difícil de practicar en nuestra
cultura, en la que todo parece estar en contra de la capacidad de
concentrarse. El paso más importante para llegar a concentrarse es
aprender a estar solo con uno mismo sin leer, escuchar la radio,
fumar o beber. Sin duda, ser capaz de concentrarse significa poder
estar solo con uno mismo -y esa habilidad es precisamente una
condición para la capacidad de amar-. Si estoy ligado a otra persona
porque no puedo pararme sobre mis propios pies, ella puede ser algo
así como un salvavidas, pero no hay amor en tal relación.

Paradójicamente, la capacidad de estar solo es la condición
indispensable para la capacidad de amar. Quien trate de estar solo
consigo mismo descubrirá cuán difícil es. Comenzará a sentirse
molesto, inquieto, e incluso considerablemente angustiado. Se
inclinará a racionalizar su deseo de no seguir adelante con esa
práctica, pensando que no tiene ningún valor, que es tonta, que lleva
demasiado tiempo, y así en adelante. Observará asimismo que llegan
a su mente toda clase de pensamientos que lo dominan. Se
encontrará pensando acerca de sus planes para el resto del día, o
sobre alguna dificultad en el trabajo que debe realizar, o sobre lo que
hará esa noche, o sobre cualquier cosa que le ocupe la mente, antes
que permitir que ésta se vacíe. Sería útil practicar unos pocos
ejercicios simples, como, por ejemplo, sentarse en una posición
relajada (ni totalmente flojo ni rígido), cerrar los ojos y tratar de ver
una pantalla blanca frente a los ojos, tratando de alejar todas las
imágenes y los pensamientos que interfieran; luego intentar seguir la
propia respiración; no pensar en ella, ni forzarla, sino seguirla -y, al
hacerlo, percibirla-; tratar además de lograr una sensación de «yo»;
yo = «mí mismo», como centro de mis poderes, como creador de mi
mundo. Habría que realizar tal ejercicio de concentración por lo
menos todas las mañanas durante veinte minutos (y, si es posible,
más tiempo) y todas las noches antes de acostarse2.( Si bien existe
abundante cantidad de teoría y práctica sobre ese tema en las
culturas orientales, especialmente en la India, también se han hecho
en los últimos años intentos similares en Occidente. El más
importante, en mi opinión, es la escuela de Gindler, cuyo fin es la
percepción del propio cuerpo. Para la comprensión del método de
Gindler, véase el trabajo de Charlotte Selver, en sus cursos y
conferencias en la New School de Nueva York.)

Además de esos ejercicios, hay que aprender a concentrarse en todo
lo que uno hace, sea escuchar música, leer un libro, hablar con una
persona, contemplar un paisaje. En ese momento, la actividad debe
ser lo único que cuenta, aquello a lo que uno se entrega por
completo. Si uno está concentrado, poco importa qué está haciendo;
las cosas importantes, tanto como las insignificantes, toman una
nueva dimensión de la realidad, porque están llenas de la propia
atención. Aprender a concentrarse requiere evitar, en la medida de lo
posible, las conversaciones triviales, esto es, la conversación que no
es genuina. Si dos personas hablan acerca del crecimiento de un árbol
que ambas conocen, del gusto del pan que acaban de comer
juntas, o de una experiencia común en el trabajo, tal conversación
puede ser pertinente, siempre y cuando experimenten lo que hablan y
no se refieran a ese tema de una manera abstracta; por otro lado,
una conversación puede referirse a cuestiones religiosas o políticas y
ser, no obstante, trivial; ello ocurre cuando las dos personas hablan
en clisés, cuando no sienten lo que dicen. Debo agregar aquí que, así
como importa evitar la conversación trivial, importa también evitar las
malas compañías. Por malas compañías no entiendo sólo la gente viciosa
y destructiva, cuya órbita es venenosa y deprimente. Me refiero
también a la compañía de zombies, de seres cuya alma está muerta,
aunque su cuerpo siga vivo; a individuos cuyos pensamientos y
conversación son triviales; que parlotean en lugar de hablar, y que
afirman opiniones que son clisés en lugar de pensar. Pero no siempre
es posible evitar tales compañías, ni tampoco es necesario. Si uno no
reacciona en la forma esperada -es decir, con clisés y trivialidadessino
directa y humanamente, descubrirá con frecuencia que esa
gente modifica su conducta, muchas veces con la ayuda de la
sorpresa producida por el choque de lo inesperado.

Concentrarse en la relación con otros significa fundamentalmente
poder escuchar. La mayoría de la gente oye a los demás, y aun da
consejos, sin escuchar realmente. No toman en serio las palabras de
la otra persona, y tampoco les importan demasiado sus propias
respuestas. Resultado de ello: la conversación los cansa.
Encuéntranse bajo la ilusión de que se sentirían aún más cansados si
escucharan con concentración. Pero lo cierto es lo contrario.
Cualquier actividad, realizada en forma concentrada, tiene un efecto
estimulante (aunque luego aparezca un cansancio natural y
benéfico); cualquier actividad no concentrada, en cambio, causa
somnolencia, y al mismo tiempo hace difícil conciliar el sueño al final
del día.

Estar concentrado significa vivir plenamente en el presente, en el
aquí y el ahora, y no pensar en la tarea siguiente mientras estoy
realizando otra. Es innecesario decir que la concentración debe ser
sobre todo practicada por personas que se aman mutuamente.
Deben aprender a estar el uno cerca del otro, sin escapar de las
múltiples formas acostumbradas. El comienzo de la práctica de la
concentración es difícil; se tiene la impresión de que jamás se logrará
la finalidad buscada. Ello implica, evidentemente, la necesidad de
tener paciencia. Si uno no sabe que todo tiene su momento, y quiere
forzar las cosas, entonces es indudable que nunca logrará
concentrarse -tampoco en el arte de amar-. Para tener una idea de lo
que es la paciencia, basta con observar a un niño que aprende a
caminar. Se cae, vuelve a caer, una y otra vez, y sin embargo sigue
ensayando, mejorando, hasta que un día camina sin caerse. ¡Qué no
podría lograr la persona adulta si tuviera la paciencia del niño y su
concentración en los fines que son importantes para él!

Es imposible aprender a concentrarse sin hacerse sensible a uno
mismo. ¿Qué significa eso? ¿Que hay que pensar continuamente en
uno mismo, «analizarse», o qué? Si habláramos de ser sensible a
una máquina, no habría dificultad para explicar lo que eso significa.
Cualquiera que, por ejemplo, maneja un auto, es sensible a él.
Advierte hasta un pequeño ruido inusual, o un insignificante cambio
de la aceleración del motor. De la misma forma, el conductor es
sensible a las irregularidades en la superficie del camino, a los
movimientos de los coches que van detrás y delante de él. Sin
embargo, no piensa en todos esos factores; su mente se encuentra
en estado de serenidad vigilante, abierta a todos los cambios
relacionados con la situación en la que está concentrado: manejar el
coche sin peligro.

Si consideramos la situación de ser sensible a otro ser humano,
encontramos el ejemplo más obvio en la sensibilidad y
correspondencia de una madre para con su hijo. Ella nota ciertos
cambios corporales, exigencias y angustias, antes de que el niño los
manifieste abiertamente. Se despierta porque su hijo llora, si bien otro
sonido más fuerte no hubiera interrumpido su sueño. Todo eso
significa que es sensible a las manifestaciones de la vida del niño; no
está ansiosa ni preocupada, sino en un estado de equilibrio alerta,
receptivo de cualquier comunicación significativa proveniente del
niño. Similarmente, cabe ser sensible con respecto a uno mismo.

Tener conciencia, por ejemplo, de una sensación de cansancio o
depresión, y en lugar de entregarse a ella y aumentarla por medio de
pensamientos deprimentes que siempre están a mano, preguntarse
«¿qué ocurre?» «¿Por qué estoy deprimido?» Lo mismo sucede al
observar que uno está irritado o enojado, o con tendencia a los ensueños
u otras actividades escapistas. En cada uno de esos casos, lo
que importa es tener conciencia de ellos y no racionalizarlos en las
mil formas en que es factible hacerlo; además estar atentos a nuestra
voz interior, que nos dice -por lo general inmediatamente- por qué
estamos angustiados, deprimidos, irritados.

La persona media es sensible a sus procesos corporales; advierte los
cambios y los más insignificantes dolores; ese tipo de sensibilidad
corporal es relativamente fácil de experimentar, porque la mayoría de
las personas tienen una imagen de lo que es sentirse bien. Una
sensibilidad semejante para con los procesos mentales es más difícil,
porque muchísima gente no ha conocido nunca a alguien que
funcione óptimamente. Toman el funcionamiento psíquico de sus
padres y parientes, o del grupo social en el que han nacido, como
norma, y, mientras no difieren de ésta, se sienten normales y no
tienen interés en observar nada. Hay mucha gente, por ejemplo, que
jamás ha conocido a una persona amante, o a una persona con
integridad, valor o concentración. Es notorio que, para ser sensible
con respecto a uno mismo, hay que tener una imagen del
funcionamiento humano completo y sano. Pero, ¿cómo es posible
adquirir experiencia si no se la ha tenido en la propia infancia o en la
vida adulta? Por cierto que no existe ninguna respuesta sencilla a tal
pregunta; pero ésta señala un factor muy crítico de nuestro sistema
educativo.

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