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  04 de Septiembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button
IV. LA PRÁCTICA DEL AMOR



Habiendo examinado ya el aspecto teórico del arte de amar, nos
enfrentamos ahora con un problema mucho más difícil, el de la
práctica del arte de amar. ¿Puede aprenderse algo acerca de la
práctica de un arte, excepto practicándolo?

La dificultad del problema se ve aumentada por el hecho de que la
mayoría de la gente de hoy en día, y, por lo tanto, muchos de los
lectores de este libro, esperan recibir recetas del tipo «cómo debe
usted hacerlo», y eso significa, en nuestro caso, que se les enseñe a
amar. Mucho me temo que quien comience este último capítulo con
tales esperanzas resultará sumamente decepcionado. Amar es una
experiencia personal que sólo podemos tener por y para nosotros
mismos; en realidad, prácticamente no existe nadie que no haya
tenido esa experiencia, por lo menos en una forma rudimentaria,
cuando niño, adolescente o adulto. Lo que un examen de la práctica
del amor puede hacer es considerar las premisas del arte de amar,
los enfoques, por así decirlo, de la cuestión, y la práctica de esas
premisas y esos enfoques. Los pasos hacia la meta sólo puede
darlos uno mismo, y el examen concluye antes de que se dé el paso
decisivo. Sin embargo, creo que el examen de los enfoques puede
resultar útil para el dominio del arte -por lo menos para quienes han
dejado de esperar «recetas»-.

La práctica de cualquier arte tiene ciertos requisitos generales,
independientes por completo de que el arte en cuestión sea la
carpintería, la medicina o el arte de amar. En primer lugar, la práctica
de un arte requiere disciplina. Nunca haré nada bien si no lo hago de
una manera disciplinada; cualquier cosa que haga sólo porque estoy
en el «estado de ánimo apropiado», puede constituir un «hobby»
agradable o entretenido, mas nunca llegaré a ser un maestro en ese
arte. Pero el problema no consiste únicamente en la disciplina relativa
a la práctica de un arte particular (digamos practicar todos los días
durante cierto número de horas), sino en la disciplina en toda la vida.
Podía pensarse que para el hombre moderno nada es más fácil de
aprender que la disciplina. ¿Acaso no pasa ocho horas diarias de
manera sumamente disciplinada en un trabajo donde impera una
estricta rutina? Lo cierto, en cambio, es que el hombre moderno es
excesivamente indisciplinado fuera de la esfera del trabajo. Cuando
no trabaja, quiere estar ocioso, haraganear, o, para usar una palabra
más agradable, «relajarse». Ese deseo de ociosidad constituye, en
gran parte, una reacción contra la rutinización de la vida.

Precisamente porque el hombre está obligado durante ocho horas
diarias a gastar su energía con fines ajenos, en formas que no le son
propias, sino prescritas por el ritmo del trabajo, se rebela, y su
rebeldía toma la forma de una complacencia infantil para consigo
mismo. Además, en la batalla contra el autoritarismo, ha llegado a
desconfiar de toda disciplina, tanto de la impuesta por la autoridad
irracional como de la disciplina racional autoimpuesta. Sin esa
disciplina, empero, la vida se torna caótica y carece de concentración.

El que la concentración es condición indispensable para el dominio
de un arte no necesita demostración. Harto bien lo sabe todo aquel
que alguna vez haya intentado aprender un arte. No obstante, en
nuestra cultura, la concentración es aún más rara que la
autodisciplina. Por el contrario, nuestra cultura lleva a una forma de
vida difusa y desconcentrada, que casi no registra paralelos. Se
hacen muchas cosas a la vez: se lee, se escucha la radio, se habla,
se fuma, se come, se bebe. Somos consumidores con la boca
siempre abierta, ansiosos y dispuestos a tragarlo todo: películas,
bebidas, conocimiento. Esa falta de concentración se manifiesta
claramente en nuestra dificultad para estar a solas con nosotros
mismos. Quedarse sentado, sin hablar, fumar, leer o beber, es
imposible para la mayoría de la gente. Se ponen nerviosos e
inquietos y deben hacer algo con la boca o con las manos. (Fumar es
uno de los síntomas de la falta de concentración: ocupa la mano, la
boca, los ojos y la nariz.)

Un tercer factor es la paciencia. Repetimos que quien haya tratado
alguna vez de dominar un arte sabe que la paciencia es necesaria
para lograr cualquier cosa. Si aspiramos a obtener resultados
rápidos, nunca aprendemos un arte. Para el hombre moderno, sin
embargo, es tan difícil practicar la paciencia como la disciplina y la
concentración. Todo nuestro sistema industrial alienta precisamente
lo contrario: la rapidez. Todas nuestras máquinas están diseñadas
para lograr rapidez: el coche y el aeroplano nos llevan rápidamente a
destino -y cuanto más rápido mejor-. La máquina que puede producir
la misma cantidad en la mitad del tiempo es muy superior a la más
antigua y lenta. Naturalmente, hay para ello importantes razones
económicas. Pero, al igual que en tantos otros aspectos, los valores
humanos están determinados por los valores económicos. Lo que es
bueno para las máquinas debe serlo para el hombre -así dice la
lógica-. El hombre moderno piensa que pierde algo -tiempo- cuando
no actúa con rapidez; sin embargo, no sabe qué hacer con el tiempo
que gana -salvo matarlo

Eventualmente, otra condición para aprender cualquier arte es una
preocupación suprema por el dominio del arte. Si el arte no es algo
de suprema importancia, el aprendiz jamás lo dominará. Seguirá
siendo, en el mejor de los casos, un buen aficionado, pero nunca un
maestro. Esta condición es tan necesaria para el arte de amar como
para cualquier otro. Parece, sin embargo, que la proporción de
aficionados en el arte de amar es notablemente mayor que en las
otras artes.

Un último punto debe señalarse con respecto a las condiciones
generales para aprender un arte. No se empieza por aprender el arte
directamente, sino en forma indirecta, por así decirlo. Debe
aprenderse un gran número de otras cosas que suelen no tener
aparentemente ninguna relación con él, antes de comenzar con el
arte mismo. Un aprendiz de carpintería comienza aprendiendo a
cepillar la madera; un aprendiz del arte de tocar el piano comienza
por practicar escalas; un aprendiz del arte Zen de la ballestería
empieza haciendo ejercicios respiratorios (Para un cuadro de la
concentración, la disciplina, la paciencia y la preocupación necesarias
para el aprendizaje de un arte, recomiendo al lector Zen the Art of
Archery, de E. Herrigel, Nueva York, Pantheon Books, Inc., 1953.). Si
se aspira a ser un maestro en cualquier arte, toda la vida debe estar
dedicada a él o, por lo menos, relacionada con él. La propia persona
se convierte en instrumento en la práctica del arte, y debe
mantenerse en buenas condiciones, según las funciones específicas
que deba realizar. En lo que respecta al arte de amar, ello significa
que quien aspire a convertirse en un maestro debe comenzar por
practicar la disciplina, la concentración y la paciencia a través de
todas las fases de su vida.

¿Cómo se practica la disciplina? Nuestros abuelos estarían en
mejores condiciones para contestar esa pregunta. Recomendaban
levantarse temprano, no entregarse a lujos innecesarios y trabajar
mucho. Este tipo de disciplina tenía evidentes defectos. Era rígida y
autoritaria, centrada alrededor de las virtudes de la frugalidad y el
ahorro, y, de muchos modos, hostil a la vida. Pero, en la reacción a
tal tipo de disciplina, hubo una creciente tendencia a sospechar de
cualquier disciplina, y a hacer de la indisciplina y la perezosa
complacencia en el resto de la propia existencia la contraparte que
equilibraba la forma rutinizada de vida impuesta durante ocho horas
de trabajo. Levantarse a una hora regular, dedicar un tiempo regular
durante el día a actividades tales como meditar, leer, escuchar
música, caminar; no permitirnos, por lo menos dentro de ciertos límites,
actividades escapistas, como novelas policiales y películas, no
comer ni beber demasiado, son normas evidentes y rudimentarias.

Sin embargo, es esencial que la disciplina no se practique como una
regla impuesta desde afuera, sino que se convierta en una expresión
de la propia voluntad; que se sienta como algo agradable, y que uno
se acostumbre lentamente a un tipo de conducta que puede llegar a
extrañar si deja de practicarla. Uno de los aspectos lamentables de
nuestro concepto occidental de la disciplina (como de toda virtud) es
que se supone que su práctica debe ser algo penosa y sólo si es penosa
es «buena». El Oriente ha reconocido hace mucho que lo que
es bueno para el hombre -para su cuerpo y para su almatambién
debe ser agradable, aunque al comienzo haya que superar
algunas resistencias.

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