La web de la seducción
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Otra forma de proyección es la de los propios problemas en los niños.
En primer término, tal proyección aparece con cierta frecuencia en el
deseo de tener hijos. En tales casos, ese deseo está principalmente
determinado por la proyección del propio problema de la existencia
en el de los hijos. Cuando una persona siente que no ha podido dar
sentido a su propia vida, trata de dárselo en función de la vida de sus
hijos. Pero está destinada a fracasar consigo misma y para los hijos.

Lo primero, porque cada uno puede sólo resolver por sí mismo y no
por poder el problema de la existencia; lo segundo, porque carece de
las cualidades que se necesitan para guiar a los hijos en su propia
búsqueda de una respuesta. Los hijos también sirven finalidades
proyectivas cuando surge el problema de disolver un matrimonio
desgraciado. El argumento común de los padres en tal situación es
que no pueden separarse para no privar a los hijos de las ventajas de
un hogar unido. Cualquier estudio detallado demostraría, empero,
que la atmósfera de tensión e infelicidad dentro de la «familia unida»
es más nociva para los niños que una ruptura franca, que les enseña,
por lo menos, que el hombre es capaz de poner fin a una situación
intolerable por medio de una decisión valiente.

Debemos mencionar aquí otro error muy frecuente: la ilusión de que
el amor significa necesariamente la ausencia de conflicto. Así como
la gente cree que el dolor y la tristeza deben evitarse en todas las
circunstancias, supone también que el amor significa la ausencia de
todo conflicto. Y encuentran buenos argumentos en favor de esa idea
en el hecho de que las disputas que observan a diario no son otra
cosa que intercambios destructivos que no producen bien alguno a
ninguno de los interesados. Pero el motivo de ello está en el hecho
de que los «conflictos» de la mayoría de la gente constituyen, en
realidad, intentos de evitar los verdaderos conflictos reales. Son
desacuerdos sobre asuntos secundarios o superficiales que, por su
misma índole, no contribuyen a aclarar ni a solucionar nada. Los
conflictos reales entre dos personas, los que no sirven para ocultar o
proyectar, sino que se experimentan en un nivel profundo de la
realidad interior a la que pertenecen, no son destructivos.

Contribuyen a aclarar, producen una catarsis de la que ambas
personas emergen con más conocimiento y mayor fuerza. Y eso nos
lleva a destacar algo que ya dijimos antes.

El amor sólo es posible cuando dos personas se comunican entre sí
desde el centro de sus existencias, por lo tanto, cuando cada una de
ellas se experimenta a sí misma desde el centro de su existencia.
Sólo en esa «experiencia central» está la realidad humana, sólo allí
hay vida, sólo allí está la base del amor. Experimentado en esa
forma, el amor es un desafío constante; no un lugar de reposo, sino
un moverse, crecer, trabajar juntos; que haya armonía o conflicto,
alegría o tristeza, es secundario con respecto al hecho fundamental
de que dos seres se experimentan desde la esencia de su existencia,
de que son el uno con el otro al ser uno consigo mismo y no al huir
de sí mismos. Sólo hay una prueba de la presencia de amor: la
hondura de la relación y la vitalidad y la fuerza de cada una de las
personas implicadas; es por tales frutos por los que se reconoce al
amor.

Así como los autómatas no pueden amarse entre sí tampoco pueden
amar a Dios. La desintegración del amor a Dios ha alcanzado las
mismas proporciones que la desintegración del amor al hombre. Ese
hecho hállase en evidente contradicción con la idea de que estamos
en presencia de un renacimiento religioso en nuestra época. Nada
podría estar más lejos de la verdad. Lo que presenciamos (si bien
hay excepciones) es una regresión a un concepto idolátrico de Dios, y
una transformación del amor a Dios en una relación correspondiente
a una estructura caracterológica enajenada. Es fácil comprobar tal
regresión. La gente está angustiada, carece de principios o fe, no la
mueve otra finalidad que la de seguir adelante; por lo tanto, siguen
siendo criaturas, confiando en que el padre o la madre acuda a
ayudarlos cuando lo necesiten.

Es verdad que en diversas culturas religiosas, como la de la Edad
Media, el hombre corriente también consideraba a Dios un padre y
una madre protectores. Pero al mismo tiempo también tomaba a Dios
en serio, en el sentido de que la meta fundamental de su vida era
vivir según los principios de Dios, hacer de la «salvación» su
preocupación suprema, a la cual subordinaba todas las demás
actividades. Nada queda de ese esfuerzo hoy en día. La vida diaria
está estrictamente separada de cualquier valor religioso. Se dedica a
obtener comodidades materiales y éxito en el mercado de la
personalidad. Los principios en que se basan nuestros esfuerzos
seculares son los de indiferencia y egoísmo (el segundo rotulado
generalmente «individualismo» o «iniciativa individual»). El hombre
de culturas verdaderamente religiosas puede compararse a un niño
de ocho años, que necesita la ayuda de su padre, pero que comienza
a adoptar en su vida sus enseñanzas y principios. El hombre
contemporáneo es más bien como un niño de tres años, que llora
llamando a su padre cuando lo necesita, o bien, se muestra
completamente autosuficiente cuando puede jugar.

En ese sentido, en la dependencia infantil de una imagen
antropomórfica de Dios sin la transformación de la vida de acuerdo
con los principios de Dios, estamos más cerca de una tribu idólatra
primitiva que de la cultura religiosa de la Edad Media. En otro sentido,
nuestra situación religiosa muestra rasgos nuevos, característicos
únicamente de la sociedad occidental capitalista contemporánea.
Puedo remitirme a afirmaciones hechas antes. El hombre moderno se
ha transformado en un artículo; experimenta su energía vital como
una inversión de la que debe obtener el máximo beneficio, teniendo
en cuenta su posición y la situación del mercado de la personalidad.
Está enajenado de sí mismo, de sus semejantes y de la naturaleza.
Su finalidad principal es el intercambio ventajoso de sus aptitudes, su
conocimiento y de sí mismo, de su «bagaje de personalidad» con
otros individuos igualmente ansiosos de lograr un intercambio
conveniente y equitativo. La vida carece de finalidad, salvo la de
seguir adelante, de principios, excepto el del intercambio equitativo,
de satisfacción, excepto la de consumir.

¿Qué puede significar el concepto de Dios en tales circunstancias?
Ha perdido su significado religioso original y se ha adaptado a la
cultura enajenada del éxito. En el renacimiento religioso de los
últimos tiempos, la creencia en Dios se ha convertido en un recurso
psicológico cuya finalidad es el hacer al individuo más apto para la
pugna competitiva.

La religión se alía con la autosugestión y la psicoterapia para ayudar
al hombre en sus actividades comerciales. Después de la Primera
Guerra Mundial aún no se había recurrido a Dios con el propósito de
«mejorar la propia personalidad». El libro que más se vendió en 1938,
Cómo ganar amigos e influir sobre la gente, de Dale Carnegie, se
mantuvo en un nivel estrictamente secular. La función que cumplió
entonces dicho libro de Dale Carnegie, es la que hoy realiza el bestseller
actual, El poder del pensamiento positivo, del Reverendo N. V.
Peale. En este libro religioso ni siquiera se cuestiona que nuestra
preocupación predominante por el éxito esté de acuerdo con el
espíritu de la religión monoteísta. Por el contrario, jamás se pone en
duda tal finalidad suprema, sino que se recomiendan la creencia en
Dios y las plegarias como un medio de aumentar la propia habilidad
para alcanzar el éxito. Así como los psiquiatras modernos
recomiendan la felicidad del empleado, para ganar la simpatía de los
compradores, del mismo modo algunos sacerdotes aconsejan amar a
Dios para tener más éxito. «Haz de Dios tu socio» significa hacer de
Dios un socio en los negocios, antes que hacerse uno con El en el
amor, la justicia y la verdad. De modo similar a cómo se ha
reemplazado el amor fraternal por la equidad impersonal, se ha
transformado a Dios en un remoto Director General del Universo y
Cía.; sabemos que está allí, que dirige la función (aunque ésta
probablemente seguiría adelante sin él), nunca lo vemos, pero
aceptamos su dirección mientras «desempeñamos nuestro papel».

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