La web de la seducción
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En otra forma aún más grave de la patología, la fijación a la madre es
más profunda e irracional. En ese nivel, el deseo no consiste,
hablando simbólicamente, en volver a los brazos protectores de la
madre, a su pecho nutritivo, sino a sus entrañas que todo lo reciben -
y todo lo destruyen-. Si la naturaleza de la salud mental consiste en
salir de las entrañas al mundo, la naturaleza de la enfermedad mental
aguda es la atracción hacia las entrañas, a introducirse nuevamente
en ellas -y eso equivale a ser arrebatado de la vida-. Tal tipo de
fijación se produce frecuentemente en la relación con madres que
tienen con los hijos una actitud absorbente y destructiva. A veces, en
nombre del amor, otras, en nombre del deber, quieren mantener al
niño, al adolescente, al hombre, dentro de ellas; éste no tendría que
respirar sino a través de la madre; no debería amar, sino en un nivel
sexual superficial -degradando a todas las otras mujeres-; no debe
ser libre e independiente, sino un eterno inválido o un criminal.

Esa actitud de la madre, absorbente y destructiva, constituye el
aspecto negativo de la figura materna. La madre puede dar vida,
también puede tomarla. Es ella quien revive, y ella quien destruye;
puede hacer milagros de amor -y nadie puede herir tanto como ella-.
En las imágenes religiosas (tales como la diosa hindú Kali) y en el
simbolismo onírico, suelen encontrarse los dos aspectos opuestos de
la madre.

Los casos en que la relación principal se establece con el padre
ofrecen otra forma de patología neurótica.
Un caso ilustrativo es el de un hombre cuya madre es fría e
indiferente, mientras que el padre (en parte como consecuencia de la
frialdad de la madre) concentra todo su afecto e interés en el hijo. Es
un «buen padre», pero, al mismo tiempo, autoritario. Cuando está
complacido con la conducta de su hijo, lo elogia, le hace regalos, es
afectuoso; cuando el hijo le da un disgusto, se aleja de él o lo
reprende. El hijo, que sólo cuenta con el afecto del padre, se
comporta frente a éste como un esclavo. Su finalidad principal en la
vida es complacerlo, y cuando lo logra, es feliz, seguro y satisfecho.

Pero cuando comete un error, fracasa o no logra complacer al padre,
se siente disminuido, rechazado, abandonado. En los años
posteriores, ese hombre tratará de encontrar una figura paterna con
la que pueda mantener una relación similar. Toda su vida se
convierte en una serie de altos y bajos, según que haya logrado o no
ganar el elogio del padre. Tales individuos suelen tener mucho éxito
en su carrera social. Son escrupulosos, afanosos, dignos de
confianza -siempre y cuando la imagen paternal que han elegido
sepa manejarlos-. Pero en su relación con las mujeres, permanecen
apartados y distantes. La mujer no posee una importancia central
para ellos; suelen sentir un leve desprecio por ella, generalmente
oculto por una preocupación paternal por las jovencitas. Su cualidad
masculina puede impresionar inicialmente a una mujer, pero ésta
pronto se desilusiona, cuando descubre que está destinada a
desempeñar un papel secundario al afecto fundamental por la figura
paterna que predomina en la vida de su esposo en un momento
dado; las cosas ocurren así, a menos que ella misma esté aún ligada
a su padre y se sienta por lo tanto feliz junto a un hombre que la trata
como a una niña caprichosa.

Más complicada es la clase de perturbación neurótica que aparece en
el amor basado en una situación paterna de distinto tipo, que se
produce cuando los padres no se aman, pero son demasiado
reprimidos como para tener peleas o manifestar signos exteriores de
insatisfacción. Al mismo tiempo, su alejamiento les quita
espontaneidad en la relación con los hijos. Lo que una niña
experimenta es una atmósfera de «corrección», pero nunca le
permite un contacto íntimo con el padre o la madre y por consiguiente
la desconcierta y atemoriza. Nunca está segura de lo que sus padres
sienten o piensan; siempre hay un elemento desconocido, misterioso,
en la atmósfera. Como resultado, la niña se retrae en un mundo
propio, tiene ensoñaciones, permanece alejada; y su actitud será la
misma en las relaciones amorosas posteriores.

Además, la retracción da lugar al desarrollo de una angustia intensa,
de un sentimiento de no estar firmemente arraigada en el mundo, y
suele llevar a tendencias masoquistas como la única forma de
experimentar una excitación intensa. Tales mujeres prefieren por lo
general que el esposo les haga una escena y les grite, a que
mantenga una conducta más normal y sensata, porque al menos eso
las libera de la carga de tensión y miedo; incluso llegan a veces a
provocar esa conducta, con el fin de terminar con el atormentador
suspenso de la neutralidad afectiva.

En los párrafos siguientes se describen otras formas frecuentes de
amor irracional, sin entrar a analizar los factores específicos del
desarrollo infantil que las originan.

Una forma de pseudoamor, que no es rara y suele experimentarse (y
más frecuentemente describirse en las películas y las novelas) como
el «gran amor», es el amor idolátrico. Si una persona no ha
alcanzado el nivel correspondiente a una sensación de identidad, de
yoidad, arraigada en el desenvolvimiento productivo de sus propios
poderes, tiende a «idolizar» a la persona amada. Está enajenada de
sus propios poderes y los proyecta en la persona amada, a quien
adora como al summum bonum, portadora de todo amor, toda luz y
toda dicha. En ese proceso, se priva de toda sensación de fuerza, se
pierde a sí misma en la persona amada, en lugar de encontrarse.

Puesto que usualmente ninguna persona puede, a la larga, responder
a las expectaciones de su adorador, inevitablemente se produce una
desilusión, y para remediarla se busca un nuevo ídolo, a veces en
una sucesión interminable. Lo característico de este tipo de amor es,
al comienzo, lo intenso y precipitado de la experiencia amorosa. El
amor idolátrico suele describirse como el verdadero y grande amor;
pero, si bien se pretende que personifique la intensidad y la
profundidad del amor, sólo demuestra el vacío y la desesperación del
idólatra. Es innecesario decir que no es raro que dos personas se
idolatren mutuamente, lo cual, en los casos extremos, representa el
cuadro de una folie á deux.

Otra forma de pseudoamor es lo que cabe llamar amor sentimental.
Su esencia consiste en que el amor sólo se experimenta en la
fantasía y no en el aquí y ahora de la relación con otra persona real.
La forma más común de tal tipo de amor es la que se encuentra en la
gratificación amorosa substitutiva que experimenta el consumidor de
películas, novelas románticas y canciones de amor. Todos los deseos
insatisfechos de amor, unión e intimidad hallan satisfacción en el
consumo de tales productos. Un hombre y una mujer que, en su
relación como esposos, son incapaces de atravesar el muro de
separatidad, se conmueven hasta las lágrimas cuando comparten el
amor feliz o desgraciado de una pareja en la pantalla. Para muchos
matrimonios, ésa constituye la única ocasión en la que experimentan
amor -no el uno por el otro, sino juntos, como espectadores del
«amor» de otros seres-. En tanto el amor sea una fantasía, pueden
participar; en cuanto desciende a la realidad de la relación entre dos
seres reales, se congelan.

Otro aspecto del amor sentimental es la «abstractificación» del amor
en términos de tiempo. Una pareja puede sentirse hondamente
conmovida por los recuerdos de su pasado amoroso, aunque no haya
experimentado amor alguno cuando ese pasado era presente, o por
las fantasías de su amor futuro. ¿Cuántas parejas comprometidas o
recién casadas sueñan con una dicha amorosa que se hará realidad
en el futuro, pese a que en el momento en que viven han comenzado
ya a aburrirse mutuamente? Esa tendencia coincide con una
característica actitud general del hombre moderno. Ese vive en el
pasado o en el futuro, pero no en el presente. Recuerda
sentimentalmente su infancia y a su madre -o hace planes de
felicidad futura-. Sea que el amor se experimente substitutivamente,
participando en las experiencias ficticias de los demás, o que se
traslade del presente al pasado o al futuro, tal forma abstracta y
enajenada del amor sirve como opio que alivia el dolor de la realidad,
la soledad y la separación del individuo.

Otra forma de amor neurótico consiste en el uso de mecanismos
proyectivos a fin de evadirse de los problemas propios y
concentrarse, en cambio, en los defectos y flaquezas de la persona
«amada». Los individuos se comportan en ese sentido de manera
muy similar a los grupos, naciones o religiones. Son muy sutiles para
captar hasta los menores defectos de la otra persona y viven felices
ignorando los propios, siempre ocupados tratando de acusar o
reformar a la otra persona. Si dos personas lo hacen -como suele
ocurrir-, la relación amorosa se convierte en una proyección
recíproca. Si soy dominador o indeciso, o ávido, acuso de ello a mi
pareja y, según mi carácter, trato de corregirla o de castigarla. La otra
persona hace lo mismo y ambas consiguen así dejar de lado sus
propios problemas y, por lo tanto, no dan los pasos necesarios para
el progreso de su propia evolución.

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