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  04 de Septiembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button

Freud está sólo a un paso de afirmar que el amor es en sí mismo un
fenómeno irracional. Para él no existe diferencia entre el amor
irracional y el amor como una expresión de la personalidad madura.
En un trabajo sobre el amor transferencial (Freud, Gesamte Werke,
Londres, 1940-52, Vol. X.), señaló que éste no difiere esencialmente
del fenómeno «normal» del amor. Enamorarse linda siempre con lo
anormal, siempre se acompaña de ceguera a la realidad,
compulsividad, y constituye una transferencia de los objetos
amorosos de la infancia. El amor como fenómeno racional, como
máximo logro de la madurez, no es, para Freud, materia de
investigación, puesto que no tiene existencia real.

Sin embargo, sería un error sobrestimar la influencia de las ideas de
Freud sobre el concepto de que el amor es el resultado de la
atracción sexual, o de que es lo mismo que la satisfacción sexual,
reflejada en el sentimiento consciente. Esencialmente, el nexo causal
siguió la dirección opuesta. Las ideas de Freud sufrieron en parte la
influencia del espíritu del siglo diecinueve, en parte se hicieron
populares a través de las tendencias predominantes en los años que
siguieron a la Primera Guerra Mundial. Algunos de los factores que
influyeron tanto sobre el concepto popular como sobre el freudiano,
fueron, en primer término, una reacción contra las estrictas normas
de la era victoriana. El segundo factor determinante de las teorías de
Freud reside en el concepto de hombre prevaleciente, concepto que
se basa en la estructura del capitalismo. A fin de demostrar que el
capitalismo corresponde a las necesidades naturales del hombre,
había que probar que el hombre era por naturaleza competitivo y
hostil a los demás. Mientras los economistas «demostraban» esto en
función del insaciable deseo de beneficios económicos, y los
darwinistas en función de la ley biológica de la supervivencia del más
apto, Freud llegó a idéntico resultado partiendo de la suposición de
que el hombre está movido por un insaciable deseo de conquista
sexual de todas las mujeres, y que sólo la presión de la sociedad le
impide obrar de acuerdo con sus deseos. Como resultado, los
hombres son necesariamente celosos los unos de los otros, y los
celos y la competencia recíprocos subsistirían aunque todas sus
causas sociales y económicas desaparecieran. ( El único discípulo de
Freud que nunca se separó de su maestro y que, no obstante, en los
últimos años de su vida modificó sus puntos de vista sobre el amor,
fue Sándor Ferenczi. Un excelente estudio sobre este tema, se
encontrará en The Leaven of Love, de Izette de Forest, Nueva York,
Harper and Brothers, 1954.)

Eventualmente, el pensamiento freudiano acusó una marcada
influencia del tipo de materialismo predominante en el siglo
diecinueve. Creíase que el sustrato de todos los fenómenos mentales
se encontraba en los fenómenos fisiológicos; por consiguiente, Freud
consideró el amor, el odio, la ambición, los celos, como otros tantos
productos de las diversas formas del instinto sexual. No vio que la
realidad básica está en la totalidad de la existencia humana; en
primer término, en la situación humana común a todos los hombres,
en segundo lugar, en la práctica de vida determinada por la
estructura específica de la sociedad. (Marx dio un paso decisivo más
allá de ese tipo de materialismo, en su propio «materialismo
histórico», según el cual ni el cuerpo, ni un instinto tal como la
necesidad de alimento o posesiones, constituye la clave de la
comprensión del hombre, sino la totalidad del proceso vital del
hombre, su «práctica de la vida».) Según Freud, la satisfacción plena
y desinhibida de todos los deseos instintivos aseguraría la salud
mental y la felicidad. Pero hechos clínicos obvios muestran que los
hombres -y las mujeres- que dedican su vida a la satisfacción sexual
sin restricciones no son felices, y que a menudo sufren graves
síntomas y conflictos neuróticos. La gratificación completa de todas
las necesidades instintivas no sólo no constituye la base de la
felicidad, sino que ni siquiera garantiza la salud mental. Las tesis
freudianas pudieron llegar a popularizarse tan sólo en el período que
siguió a la Primera Guerra Mundial, a causa de los cambios ocurridos
en el espíritu del capitalismo, del énfasis en ahorrar al énfasis en
gastar, de la autofrustración como medio de lograr el éxito económico
al consumo como base de un mercado en constante expansión y
como principal satisfacción para el individuo angustiado,
automatizado. Tanto en la esfera de lo sexual cuanto en la del
consumo material, la tendencia fundamental era no postergar la
satisfacción de ningún deseo.

Es interesante comparar los conceptos de Freud, que corresponden
al espíritu del capitalismo tal como existía aún intacto, en los
comienzos de este siglo, con los conceptos teóricos de uno de los
más brillantes psicoanalistas contemporáneos, ya fallecido, H. S.
Sullivan. En el sistema psicoanalítico de Sullivan encontramos, en
contraste con el de Freud, una estricta división entre sexualidad y
amor.

¿Qué significado tienen el amor y la intimidad en el concepto de
Sullivan? «Intimidad es un tipo de situación que comprende a dos
personas y que permite la validación de todos los componentes de la
excelencia personal. Tal validación requiere un tipo de relación que
llamo colaboración, entendiendo por ella adaptaciones formuladas de
la propia conducta a necesidades manifiestas de la otra persona, en
persecución de satisfacciones cada vez más idénticas -esto es,
satisfacciones cada vez más mutuas, y para el mantenimiento de
operaciones de seguridad más y más similares» (H. S. Sullivan, The
Interpersonal Theory of Psychiatry, Nueva York, W. W. Norton Co.,
1953, pág. 246. Debe notarse que, aunque Sullivan da esta definición
en relación a los impulsos de la preadolescencia, habla de ellos como
tendencias integrativas, que aparecen durante la preadolescencia,
«que cuando están completamente desarrolladas, denominamos
amor», y dice que ese amor de la preadolescencia «representa el
comienzo de algo muy similar al amor pleno, psiquiátricamente
definido».). Si liberamos ese pasaje de su lenguaje algo complicado,
la esencia del amor se ve en una situación de colaboración, en la que
dos personas sienten: «Seguimos las reglas del juego para conservar
nuestro prestigio y sentimiento de superioridad y mérito.»( Ibídem,
pág. 246. Otra definición del amor según Sullivan: el amor comienza
cuando una persona siente que las necesidades de otra persona son
tan importantes como las propias, está menos coloreada por el
aspecto mercantil que la formulación anterior.)

Así como el concepto freudiano del amor es una descripción de la
experiencia del varón patriarcal en términos del capitalismo del siglo
diecinueve, así la descripción de Sullivan se refiere a la experiencia
de la personalidad enajenada y mercantil del siglo veinte. Es la
descripción de un «egotismo á deux», de dos personas que aman sus
intereses comunes y se unen frente a un mundo hostil y enajenado.

En realidad, su definición de la intimidad es en principio válida para el
sentimiento de cualquier equipo cooperativo, en el que todos
«adaptan su conducta a las necesidades manifiestas de la otra
persona, en persecución de finalidades comunes» (es notable que
Sullivan hable aquí de necesidades manifiestas, cuando lo menos
que puede decirse del amor es que implica una reacción a las necesidades
inexpresadas entre dos seres).

El amor como satisfacción sexual recíproca, y el amor como «trabajo
en equipo» y como un refugio de la soledad, constituyen las dos
formas «normales» de la desintegración del amor en la sociedad
occidental contemporánea, de la patología del amor socialmente
determinado. Hay muchas formas individualizadas de la patología del
amor, que ocasionan sufrimientos conscientes y que tanto los
psiquiatras como muchos legos consideran neuróticas. Algunas de
las más frecuentes se describen brevemente en los siguientes
ejemplos:

La condición básica del amor neurótico radica en el hecho de que uno
o los dos «amantes» han permanecido ligados a la figura de un
progenitor y transfieren los sentimientos, expectaciones y temores
que una vez tuvieron frente al padre o la madre, a la persona amada
en la vida adulta; tales personas no han superado el patrón de
relación infantil, y aspiran a repetirlo en sus exigencias afectivas en la
vida adulta. En tales casos, la persona sigue siendo, desde el punto
de vista afectivo, una criatura de dos, cinco o doce años, mientras
que, intelectual y socialmente, está al nivel de su edad cronológica.

En los casos más graves, esa inmadurez emocional conduce a
perturbaciones en su afectividad social; en los más leves, el conflicto
se limita a la esfera de las relaciones personales íntimas.

Con respecto a nuestro previo análisis de la personalidad centrada en
la madre o en el padre, el siguiente ejemplo de ese tipo de relación
neurótica amorosa frecuente hoy en día, se refiere a los hombres
que, en su desarrollo emocional, han permanecido fijados a una
relación infantil con la madre. Trátase de hombres que, por así decir,
nunca fueron destetados; siguen sintiendo como niños; quieren la
protección, el amor, el calor, el cuidado y la admiración de la madre;
quieren el amor incondicional de la madre, un amor que se da por la
única razón de que ellos lo necesitan, porque son sus hijos, porque
están desvalidos. Tales individuos suelen ser muy afectuosos y
encantadores cuando tratan de lograr que una mujer los ame, y aun
después de haberlo logrado. Pero su relación con la mujer (como, en
realidad, con toda la gente) es superficial e irresponsable. Su
finalidad es ser amados, no amar. Suele haber mucha vanidad en ese
tipo de hombre e ideas grandiosas más o menos soslayadas. Si han
encontrado a la mujer adecuada, se sienten seguros, en la cima del
mundo, y pueden desplegar gran cantidad de afecto y encanto, por lo
cual suelen ser engañosos. Pero cuando, después de un tiempo, la
mujer deja de responder a sus fantásticas aspiraciones, comienzan a
aparecer conflictos y resentimientos. Si la mujer no los admira
continuamente, si reclama una vida propia, si quiere sentirse amada y
protegida, y en los casos extremos, si no está dispuesta a tolerar sus
asuntos amorosos con otras mujeres (o aun a admirar su interés por
ellas), el hombre se siente hondamente herido y desilusionado, y
habitualmente racionaliza ese sentimiento con la idea de que la mujer
«no lo ama, es egoísta o dominadora». Todo lo que no corresponda a
la actitud de la madre amante hacia un hijo encantador, se toma
como prueba de falta de amor. Esos hombres suelen confundir su
conducta afectuosa, su deseo de complacer, con genuino amor, y
llegan así a la conclusión de que se los trata injustamente; imaginan
ser grandes amantes y se quejan amargamente de la ingratitud de su
compañera.

En casos excepcionales, una persona fijada a la madre puede vivir
sin perturbaciones serias. Si su madre, en realidad, lo «amó» de una
manera sobreprotectora (siendo quizá dominante, pero no
destructiva), si él encuentra una esposa del mismo tipo maternal, si
sus dones y talentos especiales le permiten utilizar su encanto y ser
admirado (como ocurre con la mayoría de los políticos de éxito),
estará «bien adaptado» en el sentido social, aunque sin alcanzar
nunca un nivel de madurez. Pero en condiciones menos favorables,
que son, desde luego, las más frecuentes, su vida amorosa, si no su
vida social, es una profunda desilusión; surgen conflictos, y a menudo
angustia y depresión intensas cuando este tipo de personalidad se
queda solo.

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