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  04 de Septiembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button
III. EL AMOR Y SU DESINTEGRACIÓN EN LA SOCIEDAD
OCCIDENTAL CONTEMPORÁNEA



Si el amor es una capacidad del carácter maduro, productivo, de ello
se sigue que la capacidad de amar de un individuo perteneciente a
cualquier cultura dada depende de la influencia que esa cultura
ejerce sobre el carácter de la persona media. Al hablar del amor en la
cultura occidental contemporánea, entendemos preguntar si la
estructura social de la civilización occidental y el espíritu que de ella
resulta llevan al desarrollo del amor. Plantear tal interrogante es
contestarlo negativamente. Ningún observador objetivo de nuestra
vida occidental puede dudar de que el amor -fraterno, materno y
erótico- es un fenómeno relativamente raro, y que en su lugar hay
cierto número de formas de pseudoamor, que son, en realidad, otras
tantas formas de la desintegración del amor.

La sociedad capitalista se basa en el principio de libertad política, por
un lado, y del mercado como regulador de todas las relaciones
económicas, y por lo tanto, sociales, por el otro. El mercado de
productos determina las condiciones que rigen el intercambio de
mercancías, y el mercado del trabajo regula la adquisición y venta de
la mano de obra. Tanto las cosas útiles como la energía y la habilidad
humanas se transforman en artículos que se intercambian sin utilizar
la fuerza y sin fraude en las condiciones del mercado. Los zapatos,
por útiles y necesarios que sean, carecen de valor económico (valor
de intercambio) si no hay demanda de ellos en el mercado; la energía
y la habilidad humanas no tienen valor de intercambio si no existe
demanda en las condiciones existentes en el mercado. El poseedor
de capital puede comprar mano de obra y hacerla trabajar para la
provechosa inversión de su capital. El poseedor de mano de obra
debe venderla a los capitalistas según las condiciones existentes en
el mercado, o pasará hambre. Tal estructura económica se refleja en
una jerarquía de valores. El capital domina al trabajo; las cosas
acumuladas, lo que está muerto, tiene más valor que el trabajo, los
poderes humanos, lo que está vivo.

Tal ha sido la estructura básica del capitalismo desde sus comienzos.
Y si bien caracteriza todavía al capitalismo moderno, se han
modificado ciertos factores que dan al capitalismo contemporáneo
sus cualidades específicas y ejercen una honda influencia sobre la
estructura caracterológica del hombre moderno. Como resultado del
desarrollo del capitalismo, presenciamos un proceso siempre
creciente de centralización y concentración del capital. Las grandes
empresas se expanden continuamente, mientras las pequeñas se
asfixian. La posesión del capital invertido en tales empresas está
cada vez más separada de la función de administrarlas. Cientos de
miles de accionistas «poseen» la empresa; una burocracia
administrativa bien pagada, pero que no posee la empresa, la
maneja. Esa burocracia está menos interesada en obtener beneficios
máximos que en la expansión de la empresa, y en su propio poder.

La concentración creciente de capital y el surgimiento de una
poderosa burocracia administrativa corren parejas con el desarrollo
del movimiento laboral. A través de la sindicalización del trabajo, el
trabajador individual no tiene que comerciar por y para sí mismo en el
mercado laboral; pertenece a grandes sindicatos, dirigidos también
por una poderosa burocracia que lo representa ante los colosos
industriales. La iniciativa ha pasado, para bien o para mal, del
individuo a la burocracia, tanto en lo que respecta al capital como al
trabajo. Un número cada vez mayor de individuos deja de ser
independiente y comienza a depender de quienes dirigen los grandes
imperios económicos.

Otro rasgo decisivo que resulta de esa concentración del capital, y
característico del capitalismo moderno, es la forma específica de la
organización del trabajo. Empresas sumamente centralizadas con
una división radical del trabajo conducen a una organización donde el
trabajador pierde su individualidad, en la que se convierte en un
engranaje no indispensable de la máquina. El problema humano del
capitalismo moderno puede formularse de la siguiente manera:

El capitalismo moderno necesita hombres que cooperen mansamente
y en gran número; que quieran consumir cada vez más; y cuyos
gustos estén estandarizados y puedan modificarse y anticiparse
fácilmente. Necesita hombres que se sientan libres e independientes,
no sometidos a ninguna autoridad, principio o conciencia moral -
dispuestos, empero, a que los manejen, a hacer lo que se espera de
ellos, a encajar sin dificultades en la maquinaria social-; a los que se
pueda guiar sin recurrir a la fuerza, conducir, sin líderes, impulsar sin
finalidad alguna -excepto la de cumplir, apresurarse, funcionar, seguir
adelante-.

¿Cuál es el resultado? El hombre moderno está enajenado de sí
mismo, de sus semejantes y de la naturaleza. (Cf. un estudio más
detallado del apartamiento y de la influencia de la sociedad moderna
sobre el carácter del hombre en mi libro The Sane Society, Nueva
York, Rinehart and Company, 1955.) Se ha transformado en un
articulo, experimenta sus fuerzas vitales como una inversión que
debe producirle el máximo de beneficios posible en las condiciones
imperantes en el mercado. Las relaciones humanas son
esencialmente las de autómatas enajenados, en las que cada uno
basa su seguridad en mantenerse cerca del rebaño y en no diferir en
el pensamiento, el sentimiento o la acción. Al mismo tiempo que
todos tratan de estar tan cerca de los demás como sea posible, todos
permanecen tremendamente solos, invadidos por el profundo
sentimiento de inseguridad, de angustia y de culpa que surge siempre
que es imposible superar la separatidad humana. Nuestra civilización
ofrece muchos paliativos que ayudan a la gente a ignorar
conscientemente esa soledad: en primer término, la estricta rutina del
trabajo burocratizado y mecánico, que ayuda a la gente a no tomar
conciencia de sus deseos humanos más fundamentales, del anhelo
de trascendencia y unidad. En la medida en que la rutina sola no
basta para lograr ese fin, el hombre se sobrepone a su desesperación
inconsciente por medio de la rutina de la diversión, la consumición
pasiva de sonidos y visiones que ofrece la industria del
entretenimiento; y, además, por medio de la satisfacción de comprar
siempre cosas nuevas y cambiarlas inmediatamente por otras. El
hombre moderno está actualmente muy cerca de la imagen que
Huxley describe en Un mundo feliz: bien alimentado, bien vestido,
sexualmente satisfecho, y no obstante sin yo, sin contacto alguno,
salvo el más superficial, con sus semejantes, guiado por los lemas
que Huxley formula tan sucintamente, tales como: «Cuando el
individuo siente, la comunidad tambalea»; o «Nunca dejes para
mañana la diversión que puedes conseguir hoy», o, como afirmación
final: «Todo el mundo es feliz hoy en día.» La felicidad del hombre
moderno consiste en «divertirse». Divertirse significa la satisfacción
de consumir y asimilar artículos, espectáculos, comida, bebidas,
cigarrillos, gente, conferencias, libros, películas; todo se consume, se
traga. El mundo es un enorme objeto de nuestro apetito, una gran
manzana, una gran botella, un enorme pecho; todos succionamos,
los eternamente expectantes, los esperanzados -y los eternamente
desilusionados-. Nuestro carácter está equipado para intercambiar y
recibir, para traficar y consumir; todo, tanto los objetos materiales,
como los espirituales, se convierten en objeto de intercambio y de
consumo.

La situación en lo que atañe al amor corresponde, inevitablemente, al
carácter social del hombre moderno. Los autómatas no pueden amar,
pueden intercambiar su «bagaje de personalidad» y confiar en que la
transacción sea equitativa. Una de las expresiones más significativas
del amor, y en especial del matrimonio con esa estructura enajenada,
es la idea del «equipo». En innumerables artículos sobre el
matrimonio feliz, el ideal descrito es el de un equipo que funciona sin
dificultades. Tal descripción no difiere demasiado de la idea de un
empleado que trabaja sin inconvenientes; debe ser «razonablemente
independiente», cooperativo, tolerante, y al mismo tiempo ambicioso
y agresivo. Así, el consejero matrimonial nos dice que el marido debe
«comprender» a su mujer y ayudarla. Debe comentar favorablemente
su nuevo vestido, y un plato sabroso. Ella, a su vez, debe mostrarse
comprensiva cuando él llega a su hogar fatigado y de mal humor,
debe escuchar atentamente sus comentarios sobre sus problemas en
el trabajo, no debe mostrarse enojada sino comprensiva cuando él
olvida su cumpleaños. Ese tipo de relaciones no significa otra cosa
que una relación bien aceitada entre dos personas que siguen siendo
extrañas toda su vida, que nunca logran una «relación central», sino
que se tratan con cortesía y se esfuerzan por hacer que el otro se
sienta mejor.

En ese concepto del amor y el matrimonio, lo más importante es
encontrar un refugio de la sensación de soledad que, de otro modo,
sería intolerable. En el «amor» se encuentra, al
fin, un remedio para la soledad. Se establece una alianza de dos
contra el mundo, y se confunde ese egoísmo á deux con amor e
intimidad.

La importancia que se otorga al espíritu de equipo, la tolerancia
mutua, etc., es algo relativamente reciente. Lo precedió, en los años
que siguieron a la Primera Guerra Mundial, un concepto del amor en
el que la mutua satisfacción sexual suponíase la base de las
relaciones amorosas satisfactorias, y, especialmente, de un
matrimonio feliz. Creíase que las causas de los frecuentes fracasos
matrimoniales obedecían a que la pareja no había logrado una
adecuada «adaptación sexual», lo
cual se atribuía, a su vez, a la ignorancia respecto de la conducta
sexual «correcta», y, por ende, a una teoría sexual defectuosa de una
o las dos partes. Con el fin de «curar» esa inadaptación y de ayudar
a parejas desgraciadas que no podían amarse mutuamente, se
publicaron muchos libros que daban instrucciones y consejos
referentes a la conducta sexual apropiada, y prometían implícita o
explícitamente la felicidad y el amor como resultados. Se partía del
principio de que el amor es el hijo del placer sexual, y que dos
personas se amarán si aprenden a satisfacerse recíprocamente en el
aspecto sexual. Correspondía a la ilusión general de la época
suponer que el uso de las técnicas adecuadas es la solución no sólo
de los problemas técnicos de la producción industrial, sino también
de todos los problemas humanos. Se desconocía totalmente el hecho
de que la verdad es precisamente lo contrario.

El amor no es el resultado de la satisfacción sexual adecuada; por el
contrario, la felicidad sexual -y aun el conocimiento de la llamada
técnica sexual- es el resultado del amor. Si aparte de la observación
diaria fueran necesarias más pruebas en apoyo de esa tesis, podrían
encontrarse en el vasto material de los datos psicoanalíticos. El
estudio de los problemas sexuales más frecuentes -frigidez en las
mujeres y las formas más o menos serias de impotencia psíquica en
los hombres-, demuestra que la causa no radica en una falta de
conocimiento de la técnica adecuada, sino en las inhibiciones que
impiden amar. El temor o el odio al otro sexo están en la raíz de las
dificultades que impiden a una persona entregarse por completo,
actuar espontáneamente, confiar en el compañero sexual, en lo
inmediato y directo de la unión sexual. Si una persona sexualmente
inhibida puede dejar de temer u odiar, y tornarse entonces capaz de
amar, sus problemas sexuales están resueltos. Si no, ningún
conocimiento sobre técnicas sexuales le servirá de ayuda.

Pero si bien los datos de la terapia psicoanalitica señalan la falacia de
la idea de que el conocimiento de la técnica sexual apropiada
conduce a la felicidad sexual y al amor, la suposición subyacente de
que el amor es el concomitante de la mutua satisfacción sexual está
determinada en alto grado por las teorías de Freud. Para Freud, el
amor es básicamente un fenómeno sexual. «El hombre, al descubrir
por experiencia que el amor sexual (genital) le proporcionaba su
gratificación máxima, de modo que se convirtió en realidad de un
prototipo de toda felicidad para él, debió, en consecuencia, haberse
visto impelido a buscar su felicidad por el camino de las relaciones
sexuales, a hacer de su erotismo genital el punto central de su vida.»
(S. Freud, Civilization and Its Discontents (versión inglesa de J.

Riviére), Londres, The Hogarth Press, 1953, pág. 68. ) Para Freud, la
experiencia del amor fraterno es un producto del amor sexual, pero
en el cual el instinto sexual se transforma en un impulso con
«finalidad inhibida». «Originalmente, el amor con una finalidad
inhibida estaba sin duda lleno de amor sensual, y lo sigue estando
aún en el inconsciente del hombre.» (Ibídem, pág. 69.) En lo que
atañe al sentimiento de fusión, de unidad («sentimiento oceánico»),
que constituye la esencia de la experiencia mística y la raíz de la más
intensa sensación de unión con otra persona o con nuestros
semejantes, Freud lo interpreta como un fenómeno patológico, como
una regresión a un estado de temprano «narcisismo ilimitado».(
Ibídem, pág. 21.)

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