La web de la seducción
  20 de Noviembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button

He examinado la diferencia entre la lógica aristotélica y la paradójica
con el propósito de preparar el terreno para una importante distinción
en el concepto del amor a Dios. Los maestros de la lógica paradójica
afirman que el hombre puede percibir la realidad sólo en
contradicciones, y que su pensamiento es incapaz de captar la
realidad-unidad esencial, lo Uno mismo. Ello trajo como consecuencia
que no se aspira como finalidad última a descubrir la respuesta en el
pensamiento. Este sólo nos dice que no puede darnos la última
respuesta. El mundo del pensamiento permanece envuelto en la
paradoja. La única forma como puede captarse el mundo en su
esencia reside, no en el pensamiento, sino en el acto, en la
experiencia de unidad.

La lógica paradójica llega así a la conclusión de que el amor a Dios
no es el conocimiento de Dios mediante el pensamiento, ni el
pensamiento del propio amor a Dios, sino el acto de experimentar la
unidad con Dios.

Por lo tanto, lo más importante es la forma correcta de vivir. Toda la
vida, cada acción, banal o importante, se dedica al conocimiento de
Dios, pero no a un conocimiento por medio del pensamiento correcto,
sino de la acción correcta. Las religiones orientales constituyen una
clara ilustración de ese concepto. Tanto en el brahmanismo como en
el budismo y el taoísmo, la finalidad fundamental de la religión no es
la creencia correcta, sino la acción correcta. Lo mismo ocurre en la
religión judía. Prácticamente no se registra en la tradición judía
ningún cisma por cuestiones de creencia (la única gran excepción, la
diferencia entre fariseos y saduceos, se produjo esencialmente entre
dos clases sociales opuestas). La religión judía asignaba especial
importancia (particularmente desde el comienzo de la era cristiana) a
la forma correcta de vivir, el Halacha (palabra que, en realidad, tiene
casi el mismo sentido que el Tao).

En la historia moderna, el mismo principio se expresa en el
pensamiento de Spinoza, Marx y Freud. En la filosofía de Spinoza, el
acento se traslada de la creencia correcta a la conducta correcta en
la vida. Marx sostuvo idéntico principio cuando dijo: «Los filósofos
han interpretado el mundo de distintas maneras; la tarea es
transformarlo.» La lógica paradójica de Freud lo llevó al proceso de la
terapia psicoanalítica, la experiencia cada vez más profunda de uno
mismo.

Desde el punto de vista de la lógica paradójica, lo fundamental no es
el pensamiento, sino el acto. Tal actitud tiene diversas otras
consecuencias. En primer término, llevó a la tole rancia que
encontramos en el desarrollo religioso indio y chino. Si el
pensamiento correcto no constituye la última verdad ni la forma de
lograr la salvación, no hay razones que justifiquen el oponerse a los
que han arribado a formulaciones distintas. Esa tolerancia está
bellamente expresada en la historia de varios hombres a quienes se
pidió que describieran un elefante en la oscuridad. Uno de ellos,
tocándole la trompa, dijo: «este animal es como una cañería»; otro,
tocándole la oreja, dijo: «este animal es como un abanico»; un
tercero, tocándole las patas, lo describió como una columna.

En segundo lugar, el punto de vista paradójico llevó a dar más
importancia al hombre en transformación que al desarrollo del dogma,
por una parte, y de la ciencia, por la otra. Desde el punto de vista
chino, indio y místico, la tarea religiosa del hombre no consiste en
pensar bien, sino en obrar bien, y en llegar a ser uno con lo Uno en el
acto de la meditación concentrada.

En lo que toca a la corriente principal del pensamiento occidental,
cabe afirmar lo contrario. Puesto que se esperaba encontrar la verdad
fundamental en el pensamiento correcto, otorgábase especial
importancia al pensar, aunque también se valoraba la acción
correcta. En la evolución religiosa tal actitud condujo a la formación
de dogmas, a interminables argumentos acerca de los principios
dogmáticos, y a la intolerancia frente al «no creyente» o hereje. Más
aún, llevó a considerar la «fe en Dios» como la principal finalidad de
la actitud religiosa. Naturalmente, eso no significa que no existiese
también el concepto de que se debía vivir correctamente. Pero, no
obstante, la persona que creía en Dios -aunque no viviera a Diossentíase
superior a los que vivían a Dios, pero no «creían» en él.

El énfasis puesto en el pensamiento posee asimismo otra
consecuencia de importancia histórica. La idea de que se podía
encontrar la verdad por medio del pensamiento llevó no sólo al
dogma, sino también a la ciencia. En la ciencia el pensamiento
correcto es todo lo que cuenta, tanto en el sentido de la honestidad
intelectual como en el de su aplicación a la práctica -esto es, a la
técnica-.

En resumen, la lógica paradójica llevó a la tolerancia y a un esfuerzo
hacia la autotransformación. La consideración aristotélica condujo al
dogma y a la ciencia, a la Iglesia Católica, y al descubrimiento de la
energía atómica.

Hemos explicado ya implícitamente las consecuencias de tal
diferencia entre ambos puntos de vista en lo que se refiere al
problema del amor a Dios, y sólo es necesario resumirlas brevemente.

En el sistema religioso occidental predominante, el amor a Dios es
esencialmente lo mismo que la fe en Dios, en su existencia, en su
justicia, en su amor. El amor a Dios es fundamentalmente una
experiencia mental. En las religiones orientales y en el misticismo, el
amor a Dios es una intensa experiencia afectiva de unidad,
inseparablemente ligada a la expresión de ese amor en cada acto de
la vida. La formulación más radical de esa meta pertenece a Meister
Eckhart: «Si, por lo tanto, me transformo en Dios y El me hace uno
Consigo mismo, entonces, por el Dios viviente, no hay distinción
alguna entre nosotros... Alguna gente cree que va a ver a Dios, que
va a ver a Dios como si él estuviera allí, y ellos aquí, pero eso no ha
de ocurrir. Dios y yo somos uno. Al conocer a Dios, lo tomo en mí
mismo. Al amar a Dios, lo penetro» (Meister Eckhart, op. cit., págs.
181-2.). Podemos volver ahora a un importante paralelo entre el amor
a los padres y el amor a Dios. Al comienzo, el niño está ligado a la
madre como «fuente de toda existencia». Se siente desvalido y
necesita el amor omnímodo de la madre. Luego se vuelca hacia el
padre como nuevo centro de sus afectos, siendo el padre un principio
rector del pensamiento y la acción; en esa etapa, lo impulsa la
necesidad de conquistar el elogio del padre, y de evitar su
disconformidad. En la etapa de la plena madurez, se ha liberado de
las personas de la madre y del padre como poderes protector e
imperativo; ha establecido en sí mismo los principios materno y
paterno. Se ha convertido en su propio padre y madre; es padre y
madre. En la historia de la raza humana observamos -y podemos
anticipar- idéntico desarrollo desde el comienzo del amor a Dios
como la desamparada relación con una Diosa madre, a través de la
obediencia a un Dios paternal, hasta una etapa madura en la que
Dios deja de ser un poder exterior, en la que el hombre ha
incorporado en sí mismo los principios de amor y justicia, en la que
se ha hecho uno con Dios y, eventualmente, a un punto en que sólo
habla de Dios en un sentido poético y simbólico.

De tales consideraciones se deduce que el amor a Dios no puede
separarse del amor a los padres. Si una persona no emerge de la
relación incestuosa con la madre, el clan, la nación, si mantiene su
dependencia infantil de un padre que castiga y recompensa, o de
cualquier otra autoridad, no puede desarrollar un amor maduro a
Dios; su religión es, entonces, la que corresponde a la primera fase
religiosa, en la que se experimentaba a Dios como a una madre
protectora o un padre que castiga y recompensa.

En la religión contemporánea encontramos todas las fases, desde la
más antigua y primitiva hasta la más elevada. La palabra «Dios»
denota el jefe de tribu tanto como la «Nada absoluta». En igual forma,
cada individuo conserva en sí mismo, en su inconsciente, como lo ha
demostrado Freud, todas las etapas desde la del infante desvalido en
adelante. La cuestión es hasta qué punto ha crecido. Una cosa es
segura: la naturaleza de su amor a Dios corresponde a la naturaleza
de su amor al hombre, y, además, la verdadera cualidad de su amor
a Dios y al hombre es con frecuencia inconsciente -encubierta y
racionalizada por una idea más madura de lo que su amor es-. El
amor al hombre, además, si bien directamente arraigado en sus
relaciones con su familia, está determinado, en última instancia, por
la estructura de la sociedad en que vive. Si la estructura social es de
sumisión a la autoridad -autoridad manifiesta o autoridad anónima de
la opinión pública y del mercado-, su concepto de Dios será infantil y
estará muy alejado del concepto maduro, cuyas semillas se
encuentran en la historia de la religión monoteísta.

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