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  04 de Septiembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button

En la medida en que las cosas son así, la crítica de la idea de Dios,
tal como la expresó Freud, es correcta. El error, sin embargo, está en
el hecho de que no tuvo en cuenta el otro aspecto de la religión
monoteísta, y su verdadero núcleo, cuya lógica lleva exactamente a
la negación de este concepto de Dios. La persona verdaderamente
religiosa, que capta la esencia de la idea monoteísta, no reza por
nada, no espera nada de Dios; no ama a Dios como un niño a su
padre o a su madre; ha adquirido la humildad necesaria para percibir
sus limitaciones, hasta el punto de saber que no sabe nada acerca de
Dios. Dios se convierte para ella en un símbolo en el que el hombre,
en una etapa más temprana de su evolución, ha expresado la
totalidad de lo que se esfuerza por alcanzar, el reino del mundo
espiritual, del amor, la verdad, la justicia. Tiene fe en los principios
que «Dios» representa; piensa la verdad, vive el amor y la justicia, y
considera que su vida toda es valiosa sólo en la medida en que le da
la oportunidad de llegar a un desenvolvimiento cada vez más pleno
de sus poderes humanos -como la única realidad que cuenta, el único
objeto de «fundamental importancia»-; y, eventualmente, no habla de
Dios -ni siquiera menciona su nombre-. Amar a Dios, si usara esa
palabra, significaría entonces anhelar el logro de la plena capacidad
de amar, para la realización de lo que «Dios» representa en uno
mismo.

Desde ese punto de vista, la consecuencia lógica del pensamiento
monoteísta es la negación de toda «teología», de todo «conocimiento
de Dios». No obstante, sigue habiendo una diferencia entre tan
radical concepción no-teológica y un sistema no teísta, por ejemplo,
en el budismo primitivo o en el taoísmo.

En todos los sistemas teistas, aun los místicos y no-teológicos, existe
el supuesto de la realidad del reino espiritual, que trasciende al
hombre, que da significado y validez a los pode res espirituales del
hombre y a sus esfuerzos por alcanzar la salvación y el nacimiento
interior. En un sistema no-teísta no existe un reino espiritual fuera del
hombre o trascendente a él. El reino del amor, la razón y la justicia
existe como una realidad únicamente porque el hombre ha podido
desenvolver esos poderes en sí mismo a través del proceso de su
evolución y sólo en esa medida. En tal concepción, la vida no tiene
otro sentido que el que el hombre le da; el hombre está completamente
solo, salvo en la medida en que ayuda a otro.

Puesto que ¡le hablado del amor a Dios, quiero aclarar que,
personalmente, no pienso en función de un concepto teísta, y que, en
mi opinión, el concepto de Dios es sólo un concepto históricamente
condicionado, en el que el hombre ha expresado su experiencia de
sus poderes superiores, su anhelo de verdad y de unidad en
determinado período histórico. Pero creo también que las
consecuencias de un monoteísmo estricto y la preocupación
fundamental no-teísta por la realidad espiritual son dos puntos de
vista que, aunque diferentes, no se contradicen necesariamente.

Pero aquí surge otra dimensión de la cuestión del amor a Dios, que
debemos analizar para medir la profundidad del problema. Me refiero
a una diferencia fundamental en la actitud religiosa entre Oriente
(China e India) y el Occidente, diferencia que cabe expresar en
función de conceptos lógicos. Desde Aristóteles, el mundo occidental
ha seguido los principios lógicos de la filosofía aristotélica. Esa lógica
se basa en el principio de identidad que afirma que A es A, el
principio de contradicción (A no es no A) y el principio del tercero
excluido (A no puede ser A y no A, tampoco A ni no A). Aristóteles
explica claramente su posición en el siguiente pasaje: «Es imposible
que una misma cosa simultáneamente pertenezca y no pertenezca a
la misma cosa y en el mismo sentido, sin perjuicio de otras
determinaciones que podrían agregarse para enfrentar las objeciones
lógicas. Este es, entonces, el más cierto de todos los principios …
(Aristóteles, Metafísica, libro 3, 1005b, 20. )

Este axioma de la lógica aristotélica está tan hondamente arraigado
en nuestros hábitos de pensamiento que se siente como «natural» y
autoevidente, mientras que, por otra parte, la confirmación de que X
es A y no es A parece insensata. (Desde luego, la afirmación se
refiere al sujeto X en un momento dado, no a X ahora y a X más
tarde, o a un aspecto de X frente a otro aspecto.)
En oposición a la lógica aristotélica, existe la que podríamos llamar
lógica paradójica, que supone que A y no-A no se excluyen
mutuamente como predicados de X. La lógica paradójica predominó
en el pensamiento chino e indio, en la filosofía de Heráclito, y
posteriormente, con el nombre de dialéctica, se convirtió en la
filosofía de Hegel y de Marx. Lao-tsé formuló claramente el principio
general de la lógica paradójica: «Las palabras que son estrictamente
verdaderas parecen ser paradójicas» (Lao-tsé, The Tao Teh King,
The Sacred Books of the East, ed. por F. Max Mueller, Vol. XXXIX,
Londres, Oxford University Press, 1927, pág. 120.). Y Chuang-tzu:
«Lo que es uno es uno. Aquello que es no-uno, también es uno.»
Tales formulaciones de la lógica paradójica son positivas: es y no es.

Otras son negativas: no es esto ni aquello. Encontramos la primera
expresión en el pensamiento taoísta, en Heráclito y en la dialéctica de
Hegel; la segunda formulación es frecuente en la filosofía india.
Aunque estaría más allá de los propósitos de este libro intentar una
descripción más detallada de la diferencia entre la lógica aristotélica y
la paradójica, mencionaré unos pocos ejemplos para hacer más
comprensible el principio. La lógica paradójica tiene en Heráclito su
primera manifestación filosófica en el pensamiento occidental.

Heráclito afirma que el conflicto entre los opuestos es la base de toda
existencia. «Ellos no comprenden», dice «que el Uno total, divergente
en sí mismo, es idéntico a sí mismo: armonía de tensiones opuestas,
como en el arco y en la lira» (W. Capelle, Die Vorsokratiker, Stuttgart,
Alfred Kroener Verlag, 1953, pág. 134 (Mi traducción, E. F.).. O aun
con mayor claridad: «Nos bañamos en el mismo río y, sin embargo,
no en el mismo; somos nosotros y no somos nosotros»( Ibídem, pág.
132 ). O bien: «Uno y lo mismo se manifiesta en las cosas como vivo
y muerto, despierto y dormido, joven y viejo». ( Ibídem, pág. 133.)

En la filosofía de Lao-tsé la misma idea exprésase en una forma más
poética. Un ejemplo característico del pensamiento paradójico taoísta
es el siguiente: «La gravedad es la raíz de la liviandad; la quietud es
la rectora del movimiento» (Mueller, op. cit., pág. 69 ). O bien: «El Tao
en su curso regular no hace nada y, por lo tanto, no hay nada que no
haga» ( Ibídem, pág. 79. ). O bien: «Mis palabras son muy fáciles de
conocer y muy fáciles de practicar; pero no hay nadie en el mundo
capaz de conocerlas y practicarlas» (Ibídem, pág. 112 ). En el pensamiento
taoísta, así como en el pensamiento indio y socrático, el nivel
más alto al que puede conducirnos el pensamiento es conocer lo que
no conocemos: «Conocer y, no obstante [pensar] que no conocemos
es el más alto [logro]; no conocer [y sin embargo pensar] que
conocemos es una enfermedad» (Ibídem, pág. 113 ). Que el Dios
supremo no pueda nombrarse no es sino una consecuencia de esa
filosofía. La realidad final, lo Uno fundamental, no puede encerrarse
en palabras o en pensamientos. Como dice Lao-tsé, «El Tao que
puede ser hallado, no es el Tao permanente y estable. El nombre que
puede nombrarse no es el nombre permanente y estable» (Ibídem,
pág. 47 ). O, en una formulación distinta: «Lo miramos y no lo vemos,
y lo llamamos el `Ecuable'. Lo escuchamos y no lo oímos, y lo
llamamos el `Inaudible'. Tratamos de captarlo, y no logramos hacerlo,
y lo nombramos el `Sutil'. Con estas tres cualidades no puede ser
sujeto de descripción; y por eso las fundimos y obtenemos El Uno»
(Ibídem, pág. 57.). Y aun otra formulación de la misma idea: «El que
conoce [el Tao] no (necesita) hablar (sobre él); el que está [siempre
dispuesto a] hablar sobre él no lo conoce»». (Ibídem, pág. 100)

La filosofía brahmánica se preocupaba por la relación entre la
multiplicidad (de los fenómenos) y la unidad (Brahma). Pero la
filosofía paradójica no debe confundirse en la India ni en la China con
un punto de vista dualista. La armonía (unidad) consiste en la
posición conflictual que la constituye. «El pensamiento brahmánico
desde el principio giró alrededor de la paradoja de los antagonismos
simultáneos -y no obstante identidad de las fuerzas y formas
manifiestas del mundo fenoménico...» (H. R. Zimmer, Philosophies of
India, Nueva York, Pantheon Books, 1951. ) El poder esencial en el
Universo y en el hombre trasciende tanto la esfera conceptual como
la sensible. No es, por lo tanto, «ni esto ni aquello». Pero, como
advierte Zimmer, «no hay antagonismo entre `real e irreal' en esta
realización estrictamente nodualista» (Ibídem.). En su búsqueda de
la unidad más allá de la multiplicidad, los pensadores brahmánicos
llegaron a la conclusión de que el par de opuestos que se percibe no
refleja la naturaleza de las cosas, sino la de la mente percipiente. El
pensamiento percipiente debe trascenderse a si mismo para alcanzar
la verdadera realidad. La oposición es una categoría de la mente
humana, no un elemento de la realidad. En el RigVeda, el principio se
expresa en la siguiente forma: «Yo soy los dos, la fuerza vital y el
material vital, los dos a la vez.» La consecuencia extrema de la idea
de que el pensamiento sólo puede percibir en contradicciones
aparece en forma aún más drástica en la teoría vedanta, que postula
que el pensamiento -a pesar de su fino discernimiento- es «sólo un
más sutil horizonte de ignorancia, en realidad, el más sutil de todos
los engañosos recursos de maya» (Ibídem, pág. 424.)

La lógica paradójica tiene una significativa relación con el concepto
de Dios. En el grado en que Dios representa la realidad esencial, y la
mente humana percibe la realidad en contra dicciones, no puede
hacerse afirmación positiva alguna acerca de Dios. En los Vedas, la
idea de un Dios omnisapiente y omnipotente se considera la forma
más extrema de ignorancia. (Ibídem, pág. 424. ) Vemos aquí la
conexión con la falta de nombre del Tao, el nombre innominado del
Dios que se revela a Moisés, la «Nada absoluta» de Meister Eckhart.

El hombre sólo puede conocer la negación, y nunca la posición de la
realidad esencial. «Mientras tanto, el hombre no puede conocer lo
que Dios es, aunque tenga plena conciencia de lo que Dios no es...
Así satisfecha con nada, la mente clama el bien supremo.» ( Meister
Eckhart, Nueva York, Harper and Brothers, 1941, pág. 114. ) Para
Meister Eckhart, «El Divino es una negación de las negaciones, y una
negativa de las negativas... Todas las criaturas contienen una
negación: una niega que es la otra» (Ibídem, pág. 247. Cf. también la
teología negativa de Maimónides.)Es tan sólo como una
consecuencia ulterior que Dios se convierte para Meister Eckhart en
«La Nada absoluta», tal como la realidad esencial es el «En Sof>, lo
Sin Fin, para la Cábala.

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