La web de la seducción
  20 de Noviembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button

Hablemos en primer término del paso desde las religiones
matriarcales a las patriarcales. De acuerdo con los notables y
decisivos descubrimientos de Bachofen y Morgan a mediados del
siglo pasado, y a pesar de que la mayoría de los círculos académicos
rechazó esos hallazgos, no parecen existir dudas acerca de la
existencia de una fase matriarcal de la religión, anterior a la
patriarcal, por lo menos en muchas culturas. En la fase matriarcal, el
ser superior es la madre. Es la diosa, y así mismo la autoridad en la
familia y la sociedad. Para comprender la esencia de la religión
matriarcal basta recordar lo dicho sobre la esencia del amor materno.

El amor de la madre es incondicional, y también es omniprotector y
envolvente; como es incondicional, tampoco puede controlarse o
adquirirse. Su presencia da a la persona amada una sensación de
dicha; su ausencia produce un sentimiento de abandono y profunda
desesperación. Puesto que la madre ama a sus hijos porque son sus
hijos, y no porque sean «buenos», obedientes, o cumplan sus deseos
y órdenes, el amor materno se basa en la igualdad. Todos los
hombres son iguales, porque son todos hijos de una madre, porque
todos son hijos de la Madre Tierra.

La etapa siguiente de la evolución humana, la única que conocemos
plenamente y a cuyo respecto no tenemos necesidad de confiar en
inferencias y reconstrucciones, es la fase patriarcal. En ella, la madre
pierde su posición suprema y el padre se convierte en el Ser
Supremo, tanto en la religión como en la sociedad. La naturaleza del
amor del padre le hace tener exigencias, establecer principios y
leyes, y a que su amor al hijo dependa de la obediencia de éste a sus
demandas. Prefiere al hijo que más se le asemeja, al más obediente
y capacitado para sucederle, como heredero de todas sus
posesiones. (El desarrollo de la sociedad patriarcal es paralelo al de
la propiedad privada.) Como consecuencia, la sociedad patriarcal es
jerárquica; la igualdad de los hermanos se transforma en competencia
y lucha mutua. Sea que consideremos las culturas india, egipcia o
griega, o las religiones judeo-cristiana o islámica, nos encontramos
en medio de un mundo patriarcal, con dioses masculinos, sobre los
que reina un dios principal, o donde todos los dioses han sido
eliminados menos Uno, el Dios. Sin embargo, puesto que es
imposible arrancar del corazón humano el anhelo de amor materno,
no es sorprendente que la figura de la madre amante no se haya
podido expulsar totalmente del panteón. En la religión judía, los
aspectos maternos de Dios vuelven a introducirse, en especial en las
diversas corrientes místicas. En la religión católica, la Iglesia y la
Virgen simbolizan a la Madre. Ni siquiera en el protestantismo permanece
oculta. Lutero estableció como principio fundamental que nada
de lo que el hombre hace puede procurarle el amor de Dios. El amor
de Dios es Gracia, la actitud religiosa consiste en tener fe en esa
gracia, y hacerse pequeño y desvalido; las buenas obras no pueden
influir sobre Dios -o hacer que Dios nos ame, como postulan las
doctrinas católicas-. Aquí es evidente que la doctrina católica de las
buenas obras forma parte del cuadro patriarcal; es posible alcanzar el
amor del padre mediante la obediencia y el cumplimiento de sus
exigencias. La doctrina luterana, en cambio, a pesar de su manifiesto
carácter patriarcal, contiene un elemento matriarcal soslayado. El
amor de la madre no puede adquirirse; está ahí, o no; todo lo que
puedo hacer es tener fe (como dice el salmista: «Sobre los pechos de
mi madre, me hiciste estar confiado»16 (Salmos, 22 : 9.)), y transformarme
en una criatura desvalida e impotente. Pero la peculiaridad de
la fe de Lutero consiste en que la figura de la madre desapareció del
cuadro manifiesto y fue reemplazada por la del padre; en lugar de la
certeza de ser amado por la madre, se convierte en rasgo
fundamental la intensa duda, el esperar, contra toda esperanza, el
amor incondicional del padre.

He tenido que examinar la diferencia entre los elementos matriarcales
y patriarcales en la religión para mostrar que el carácter del amor a
Dios depende de la respectiva gravitación de los aspectos
matriarcales y patriarcales en la religión. El aspecto patriarcal me
hace amar a Dios como a un padre; supongo que es justo y severo,
que castiga y recompensa; y, evidentemente, que me elegirá como
hijo favorito, tal como Dios eligió a Abraham-Israel, como Isaac eligió
a Jacob, como Dios elige a su pueblo favorito. En el aspecto
matriarcal de la religión, amo a Dios como a una madre omnímoda.
Tengo fe en su amor y sé que pese a cuan pobre e impotente sea, a
cuanto haya pecado, me amará y no amará a ninguno de sus otros
hijos más que a mí; que me ocurra lo que me ocurriere, me rescatará,
me salvará, me perdonará. Innecesario es decir que mi amor a Dios y
el amor de Dios a mi son inseparables. Si Dios es un padre, me ama
como a un hijo, y yo lo amo como a un padre. Si Dios es una madre,
este hecho determina su amor y mi amor.

Esa diferencia entre los aspectos maternos y paternos del amor a
Dios es, empero, sólo uno de los factores que determinan la
naturaleza de ese amor; el otro factor es el grado de madurez
alcanzado por el individuo y, por lo tanto, en su concepto de Dios y su
amor a Dios.

Dado que la raza humana evolucionó desde una estructura societal
centrada en la madre a una centrada en el padre, es principalmente
en el desenvolvimiento de la religión patriarcal donde podemos
observar el desarrollo de un amor maduro (Eso es verdad
especialmente en lo que atañe a las religiones monoteístas de
occidente. En las religiones indias las figuras maternas han
conservado buena parte de su influencia, por ejemplo, en la diosa
Kali; en el budismo y en el taoísmo, el concepto de un dios -o de una
diosa- carecía de significación esencial, si es que no había sido
eliminado por completo.). Al comienzo de esa evolución, encontramos
un Dios despótico, celoso, que considera que el hombre que él ha
creado es su propiedad, y que tiene derecho a hacer con él cuanto
quiera. Es ésa la fase religiosa en la que Dios arroja al hombre del
paraíso, para que no coma del árbol del saber y se convierta así en
Dios mismo; es la fase en la que Dios decide destruir la raza humana
mediante el diluvio, porque ninguno de sus miembros le gusta, con la
excepción de su hijo favorito, Noé; es la fase en la que Dios le exige
a Abraham que mate a su único y amado hijo Isaac, para probar su
amor por El con un acto de total obediencia. Pero al mismo tiempo
comienza una nueva etapa; Dios hace un pacto con Noé, por el cual
le promete no volver a destruir jamás la raza humana, un pacto en el
cual él mismo se compromete. No sólo está atado por sus promesas,
sino por su propio principio de justicia, y sobre esa base Dios debe
someterse al pedido de Abraham de no destruir Sodoma si en ella
hay por lo menos diez hombres justos. Pero la evolución va más allá
de transformar a Dios, de la figura de un despótico jefe de tribu en un
padre amante, en un padre que está sometido al principio que él
mismo ha postulado; tiende a que Dios deje de ser la figura de un
padre y se convierta en el símbolo de sus principios, los de justicia,
verdad y amor. Dios es verdad, Dios es justicia. En ese desarrollo,
Dios deja de ser una persona, un hombre, un padre; se convierte en
el símbolo del principio de unidad subyacente a la multiplicidad de los
fenómenos, de la visión de la flor que crecerá de la semilla espiritual
que alberga el hombre en su interior. Dios no puede tener un nombre.

Un nombre siempre denota una cosa, o una persona, algo finito.
¿Cómo puede Dios tener un nombre, si no es una persona ni una
cosa?
El incidente más notable de ese cambio es el relato bíblico de la
revelación de Dios a Moisés. Cuando Moisés le dice que los hebreos
no creerán que Dios lo ha enviado, a menos que pueda decirles el
nombre de Dios (¿cómo podrían los adoradores de ídolos
comprender un Dios sin nombre, puesto que la esencia misma de un
ídolo es tener un nombre?), Dios hace una concesión. Dice a Moisés
que su nombre es «Yo soy el que soy». «Yo soy el que seré es mi
nombre.» El «yo soy el que seré» significa que Dios no es finito, que
no es una persona, un «ser». La traducción más adecuada de la frase
sería: dile que «mi nombre es sinnombre». La prohibición de hacer
imágenes de Dios, de pronunciar su nombre en vano, y
eventualmente, de pronunciar su nombre en absoluto, apunta a la
misma finalidad, la de liberar al hombre de la idea de que Dios es un
padre, una persona. En el desarrollo teológico ulterior, la idea se
transforma en el principio de que ni siquiera deben darse a Dios
atributos positivos. Decir que Dios es sabio, poderoso, bueno, implica
nuevamente que es una persona; todo lo que puedo hacer es decir lo
que Dios no es, enumerar sus atributos negativos, postular que no es
limitado, que no es malo, que no es injusto. Cuanto más sé lo que
Dios no es, mayor es mi conocimiento de Dios (Cf. el concepto de
Maimónides de los atributos negativos de Dios en la Guía de los
Perplejos.).

Si seguimos la maduración de la idea monoteísta en sus
consecuencias ulteriores sólo llegaremos a una conclusión: no
mencionar para nada el nombre de Dios, no hablar acerca de Dios.
Dios se convierte entonces en lo que es potencialmente en la teología
monoteísta, el Uno sin nombre, un balbuceo inexpresable, que se
refiere a la unidad subyacente al universo fenoménico, la fuente de
toda existencia; Dios se torna verdad, amor, justicia. Dios es yo, en la
medida en que soy humano.

Es evidente que tal evolución desde el principio antropomórfico al
puro monoteísmo establece una diferencia fundamental en la
naturaleza del amor a Dios. El Dios de Abraham puede amarse o
temerse, como un 'padre, y su aspecto predominante es a veces la
tolerancia, a veces la ira. En el grado en que Dios es el padre, yo soy
el hijo. No he emergido plenamente del deseo autista de omnisciencia
y omnipotencia. No he adquirido aún la objetividad necesaria para
percatarme de mis limitaciones como ser humano, de mi ignorancia,
mi desvalidez. Reclamo aún, como una criatura, que haya un padre
que me rescate, que me vigile, que me castigue, un padre que me
aprecie cuando soy obediente, que se sienta halagado por mis loas y
enojado a causa de mi desobediencia. Es notorio que la mayoría de
la gente no ha superado, en su evolución personal, esa etapa infantil,
y de ahí que su fe en Dios signifique creer en un padre protector -una
ilusión infantil-. Esta sigue siendo la forma predominante, a pesar del
hecho de que algunos grandes maestros de la raza humana y un
pequeño número de hombres hayan superado ese concepto de la
religión.

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