La web de la seducción
  20 de Noviembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button

Amar a alguien es la realización y concentración del poder de amar.
La afirmación básica contenida en el amor se dirige hacia la persona
amada como una encarnación de las cualidades esencialmente
humanas. Amar a una persona implica amar al hombre como tal. El
tipo de «división del trabajo», como lo llamó William James, que
consiste en amar a la propia familia pero ser indiferente al «extraño»,
es un signo de una incapacidad básica de amar. El amor al hombre
no es, como a menudo se supone, una abstracción que sigue al amor
a una persona específica, sino que constituye su premisa, aunque
genéticamente se adquiera al amar a individuos específicos.

De ello se deduce que mi propia persona debe ser un objeto de mi
amor al igual que lo es otra persona. La afirmación de la vida,
felicidad, crecimiento y libertad propios, está arraigada en la propia
capacidad de amar, esto es, en el cuidado, el respeto, la
responsabilidad y el conocimiento. Si un individuo es capaz de amar
productivamente, también se ama a sí mismo; si sólo ama a los
demás, no puede amar en absoluto.

Dando por establecido que el amor a sí mismo y a los demás es
conjuntivo, ¿cómo explicamos el egoísmo, que excluye
evidentemente toda genuina preocupación por los demás? La
persona egoísta sólo se interesa por sí misma, desea todo para sí
misma, no siente placer en dar, sino únicamente en tomar. Considera
el mundo exterior sólo desde el punto de vista de lo que puede
obtener de él; carece de interés en las necesidades ajenas y de
respeto por la dignidad e integridad de los demás. No ve más que a sí
misma; juzga a todos según su utilidad; es básicamente incapaz de
amar. ¿No prueba eso que la preocupación por los demás y por uno
mismo son alternativas inevitables? Sería así si el egoísmo y el
autoamor fueran idénticos. Pero tal suposición es precisamente la
falacia que ha llevado a tantas conclusiones erróneas con respecto a
nuestros problemas. El egoísmo y el amor a sí mismo, lejos de ser
idénticos, son realmente opuestos. El individuo egoísta no se ama
demasiado, sino muy poco; en realidad, se odia. Tal falta de cariño y
cuidado por sí mismo, que no es sino la expresión de su falta de
productividad, lo deja vacío y frustrado. Se siente necesariamente
infeliz y ansiosamente preocupado por arrancar a la vida las
satisfacciones que él se impide obtener. Parece preocuparse
demasiado por sí mismo, pero, en realidad, sólo realiza un fracasado
intento de disimular y compensar su incapacidad de cuidar de su
verdadero ser. Freud sostiene que el egoísta es narcisista, como si
negara su amor a los demás y lo dirigiera hacia sí. Es verdad que las
personas egoístas son incapaces de amar a los demás, pero
tampoco pueden amarse a sí mismas.

Es más fácil comprender el egoísmo comparándolo con la ávida
preocupación por los demás, como la que encontramos, por ejemplo,
en una madre sobreprotectora. Si bien ella cree conscientemente que
es en extremo cariñosa con su hijo, en realidad tiene una hostilidad
hondamente reprimida contra el objeto de sus preocupaciones. Sus
cuidados exagerados no obedecen a un amor excesivo al niño, sino a
que debe compensar su total incapacidad de amarlo.

Esta teoría de la naturaleza del egoísmo surge de la experiencia
psicoanalítica con la «generosidad» neurótica, un síntoma de
neurosis observado en no pocas personas, que habitualmente no
están perturbadas por ese síntoma, sino por otros relacionados con
él, como depresión, fatiga, incapacidad de trabajar, fracaso en las
relaciones amorosas, etc. No sólo ocurre que no consideran esa
generosidad como un «síntoma»; frecuentemente es el único rasgo
caracterológico redentor del que esas personas se enorgullecen. La
persona «generosa» «no quiere nada para sí misma»; «sólo vive para
los demás», está orgullosa de no considerarse importante. Le intriga
descubrir que, a pesar de su generosidad, no es feliz, y que sus
relaciones con los más íntimos allegados son insatisfactorias. La
labor analítica demuestra que esa generosidad no es algo aparte de
los otros síntomas, sino uno de ellos -de hecho, muchas veces es el
más importante-; que la capacidad de amar o de disfrutar de esa
persona está paralizada; que está llena de hostilidad hacia la vida y
que, detrás de la fachada de generosidad, se oculta un intenso
egocentrismo, sutil, pero no por ello menos intenso. Esa persona sólo
puede curarse si también su generosidad se interpreta como un
síntoma junto con los demás, de modo que su falta de productividad,
que está en la raíz de su generosidad y de las otras perturbaciones,
pueda corregirse.

La naturaleza de esa generosidad se torna particularmente evidente
en su efecto sobre los demás y, con mucha frecuencia en nuestra
cultura, en el efecto que la madre «generosa» ejerce sobre sus hijos.

Ella cree que, a través de su generosidad, sus hijos experimentarán
lo que significa ser amado y aprenderán, a su vez, a amar. Sin
embargo, el efecto de su generosidad no corresponde en absoluto a
sus expectaciones. Los niños no demuestran la felicidad de personas
convencidas de que se los ama; están angustiados, tensos,
temerosos de la desaprobación de la madre y ansiosos de responder
a sus expectativas. Habitualmente, se sienten afectados por la oculta
hostilidad de la madre contra la vida, que sienten, pero sin percibirla
con claridad, y, eventualmente, se empapan de ella. En conjunto, el
efecto producido por la madre «generosa» no es demasiado diferente
del que ejerce la madre egoísta, y aun puede resultar más nefasto,
puesto que la generosidad de la madre impide que los niños la
critiquen. Se los coloca bajo la obligación de no desilusionarla; se les
enseña, bajo la máscara de la virtud, a no gustar de la vida. Si se
tiene la oportunidad de estudiar el efecto producido por una madre
con genuino amor a sí misma, se ve que no hay nada que lleve más a
un niño a la experiencia e lo que son la felicidad, el amor y la alegría,
que el amor de una madre que se ama a sí misma.

Meister Eckhart ha sintetizado magníficamente estas ideas: «Si te
amas a ti mismo, amas a todos los demás como a ti mismo. Mientras
ames a otra persona menos que a ti mismo, no lograrás realmente
amarte, pero si amas a todos por igual, incluyéndote a ti, los amarás
como una sola persona y esa persona es a la vez Dios y el hombre.
Así, pues, es una persona grande y virtuosa la que amándose a sí
misma, ama igualmente a todos los demás» (Meister Eckhart
(versión inglesa de R. B. Blaknev). Nueva York, Harper and Brothers,
1941, pág. 204.)

e. Amor a Dios.
Dijimos antes que la base de nuestra necesidad de amar está en la
experiencia de separatidad y la necesidad resultante de superar la
angustia de la separatidad por medio de la experiencia de la unión.
La forma religiosa del amor, lo que se denomina amor a Dios, es,
desde el punto de vista psicológico, de índole similar. Surge de la
necesidad de superar la separatidad y lograr la unión. En realidad, el
amor a Dios tiene tantos aspectos y cualidades distintos como el
amor al hombre -y en gran medida encontramos en él las mismas
diferencias-.

En todas las religiones teístas, sean politeístas o monoteístas, Dios
representa el valor supremo, el bien más deseable. Por lo tanto, el
significado específico de Dios depende de cuál sea el bien más
deseable para una determinada persona. La comprensión del
concepto de Dios debe comenzar, en consecuencia, con un análisis
de la estructura caracterológica de la persona que adora a Dios.

Hasta donde tenemos conocimiento al respecto, el desarrollo de la
raza humana puede caracterizarse como la emergencia del hombre
de la naturaleza, de la madre, de los lazos de la sangre y el suelo. En
el comienzo de la historia humana, el hombre, si bien expulsado de la
unidad original con la naturaleza, se aferra todavía a esos lazos
primarios. Encuentra seguridad regresando o aferrándose a esos
vínculos primitivos. Siéntese identificado todavía con el mundo de los
animales y de los árboles, y trata de lograr la unidad formando parte
del reino natural. Muchas religiones primitivas son manifestaciones
de esa etapa evolutiva. Un animal se transforma en un tótem; se
utilizan máscaras de animales en los actos religiosos o en la guerra;
se adora a un animal como dios. En una etapa posterior de evolución,
cuando la habilidad humana se ha desarrollado hasta alcanzar la del
artesano o el artista, cuando el hombre no depende ya
exclusivamente de los dones de la naturaleza -la fruta que encuentra
y el animal que mata- el hombre transforma el producto de su propia
mano en un dios. Es ésa la etapa de la adoración de ídolos hechos
de arcilla, plata u oro. El hombre proyecta sus poderes y habilidades
propios en las cosas que hace, y así, a distancia, adora sus proezas,
sus posesiones. En una etapa ulterior, el hombre da a sus dioses la
forma de seres humanos. Parece que eso sólo puede ocurrir cuando
el hombre se ha tornado más consciente de sí mismo, y cuando ha
descubierto al hombre como la «cosa» más elevada y digna en el
mundo. En esa fase de adoración de un dios antropomórfico,
encontramos una evolución de dos dimensiones. Una se refiere a la
naturaleza femenina o masculina de los dioses, la otra al grado de
madurez alcanzada por el hombre, grado que determina la naturaleza
de sus dioses y la naturaleza de su amor a ellos.

Inicio 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25

 

Si tienes una historia de amor o seducción cuentala o crea tu artículo en Wiki Seducción, o busca el articulo sobre seducción que necesitas, también puedes crear tu primer articulo.

Si tienes una duda, pregunta en Foro seducción, aquí te resolvemos cualquier duda sobre la seducción y el amor. también puedes contara tus experiencias.

Copyright eter-seduccion.com 2008, algunos elementos pueden tener otras licencias.
*Todo este material es una forma de ayuda a las personas, no nos hacemos responsables por el mal uso del mismo.