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  04 de Septiembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button

En el amor erótico hay una exclusividad que falta en el amor fraterno
y en el materno. Ese carácter exclusivo requiere un análisis más
amplio. La exclusividad del amor erótico suele interpretarse
erróneamente como una relación posesiva. Es frecuente encontrar
dos personas «enamoradas» la una de la otra que no sienten amor
por nadie más. Su amor es, en realidad, un egotismo á deux; son dos
seres que se identifican el uno con el otro, y que resuelven el
problema de la separatidad convirtiendo al individuo aislado en dos.

Tienen la vivencia de superar la separatidad, pero, puesto que están
separados del resto de la humanidad, siguen estándolo entre sí y
enajenados de sí mismos; su experiencia de unión no es más que
ilusión. El amor erótico es exclusivo, pero ama en la otra persona a
toda la humanidad, a todo lo que vive. Es exclusivo sólo en el sentido
de que puedo fundirme plena e intensamente con una sola persona.
El amor erótico excluye el amor por los demás sólo en el sentido de
la fusión erótica, de un compromiso total en todos los aspectos de la
vida -pero no en el sentido de un amor fraterno profundo-.

El amor erótico, si es amor, tiene una premisa. Amar desde la
esencia del ser -y vivenciar a la otra persona en la esencia de su ser-.
En esencia, todos los seres humanos son idénticos. Somos todos
parte de Uno; somos Uno. Siendo así, no debería importar a quién
amamos. El amor debe ser esencialmente un acto de la voluntad, de
decisión de dedicar toda nuestra vida a la de la otra persona. Ese es,
sin duda, el razonamiento que sustenta la idea de la indisolubilidad
del matrimonio, así como las muchas formas de matrimonio
tradicional, en las que ninguna de las partes elige a la otra, sino que
alguien las elige por ellas, a pesar de lo cual se espera que se amen
mutuamente. En la cultura occidental contemporánea, tal idea parece
totalmente falsa. Supónese que el amor es el resultado de una reacción
espontánea y emocional, de la súbita aparición de un sentimiento
irresistible. De acuerdo con ese criterio, sólo se consideran
las peculiaridades de los dos individuos implicados –y no el hecho de
que todos los hombres son parte de Adán y todas las mujeres parte
de Eva-. Se pasa así por alto un importante factor del amor erótico, el
de la voluntad. Amar a alguien no es meramente un sentimiento
poderoso -es una decisión, es un juicio, es una promesa-. Si el amor
no fuera más que un sentimiento, no existirían bases para la promesa
de amarse eternamente. Un sentimiento comienza y puede
desaparecer. ¿Cómo puedo yo juzgar que durará eternamente, si mi
acto no implica juicio y decisión?

Tomando en cuenta esos puntos de vista, cabe llegar a la conclusión
de que el amor es exclusivamente un acto de la voluntad y un
compromiso, y de que, por lo tanto, en esencia no importa demasiado
quiénes son las dos personas. Sea que el matrimonio haya sido
decidido por terceros, o el resultado de una elección individual, una
vez celebrada la boda el acto de la voluntad debe garantizar la
continuación del amor. Tal posición parece no considerar el carácter
paradójico de la naturaleza humana y del amor erótico. Todos somos
Uno; no obstante, cada uno de nosotros es una entidad única e
irrepetible. Idéntica paradoja se repite en nuestras relaciones con los
otros. En la medida en que todos somos uno, podemos amar a todos
de la misma manera, en el sentido del amor fraternal. Pero en la
medida en que todos también somos diferentes, el amor erótico
requiere ciertos elementos específicos y altamente individuales que
existen entre algunos seres, pero no entre todos.
Ambos puntos de vista, entonces, el del amor erótico como una
atracción completamente individual, única entre dos personas
específicas, y el de que el amor erótico no es otra cosa que un acto
de la voluntad, son verdaderos -o, como sería quizá más exacto, la
verdad no es lo uno ni lo otro-. De ahí que la idea de una relación que
puede disolverse fácilmente si no resulta exitosa es tan errónea como
la idea de que tal relación no debe disolverse bajo ninguna
circunstancia.

d. Amor a sí mismo.

(Paul Tillich, en un comentario de The Sane Society, en Pastoral Psychology,
setiembre 1955, sugirió que seria mejor abandonar el
ambiguo término «amor a sí mismo» (autoamor, «self-love») y
reemplazarlo por «autoafirmación natural», o «autoaceptación
paradójica». Si bien comprendo yo los méritos de esa sugerencia, no
puedo convenir con el autor al respecto. En el término «amor a sí
mismo», el elemento paradójico en amor a si mismo está mucho más
claramente contenido. Se expresa el hecho de que el amor es una
actitud que es la misma hacia todos los objetos, incluyéndome a mí
mismo. Tampoco debe olvidarse que ese término, en el sentido en
que se lo usa aquí, tiene una historia. La Biblia habla de amor a sí
mismo cuando ordena «ama a tu prójimo como a ti mismo», y Meister
Eckhart habla de amor a sí mismo en el mismo sentido. )

Si bien la aplicación del concepto del amor a diversos objetos no
despierta objeciones, es creencia común que amar a los demás es
una virtud, y amarse a si mismo un pecado. Se su pone que en la
medida en que me amo a mí mismo, no amo a los demás, que amor
a sí mismo es lo mismo que egoísmo. Tal punto de vista se remonta a
los comienzos del pensamiento occidental. Calvino califica de
«peste» el amor a sí mismo (Calvino, Institutes of the Christian
Religion (versión inglesa de J. AIbau), Filadelfia, Presbyterian Board
of Christian Education, 1928, cap. 7, parte 4, pág. 622. ). Freud habla
del amor a sí mismo en términos psiquiátricos, pero no obstante, su
juicio valorativo es similar al de Calvino. Para él, amor a si mismo se
identifica con narcisismo, es decir, la vuelta de la libido hacia el
propio ser. El narcisismo constituye la primera etapa del desarrollo
humano, y la persona que en la vida adulta regresa a su etapa
narcisista, es incapaz de amar; en los casos extremos, es insano.

Freud sostiene que el amor es una manifestación de la libido, y que
ésta puede dirigirse hacia los demás -amor- o hacia uno -amor a sí
mismo-. Amor y amor a sí mismo, entonces, se excluyen mutuamente
en el sentido de que cuanto mayor es uno, menor es el otro. Si el
amor a sí mismo es malo, se sigue que la generosidad es virtuosa.
Surgen los problemas siguientes: ¿La observación psicológica
sustenta la tesis de que hay una contradicción básica entre el amor a
sí mismo y el amor a los demás? ¿Es el amor a sí mismo un
fenómeno similar al egoísmo, o son opuestos? Y ¿es el egoísmo del
hombre moderno realmente una preocupación por sí mismo como
individuo, con todas sus potencialidades intelectuales, emocionales y
sensuales? ¿No se ha convertido «él» en un apéndice de su papel
económico-social? ¿Es su egoísmo idéntico al amor a sí mismo, o es
la causa de la falta de este último?

Antes de comenzar el examen del aspecto psicológico del egoísmo y
del amor a sí mismo, debemos destacar la falacia lógica que implica
la noción de que el amor a los demás y el amor a uno mismo se
excluyen recíprocamente. Si es una virtud amar al prójimo como a
uno mismo, debe serlo también -y no un vicio- que me ame a mí
mismo, puesto que también yo soy un ser humano. No hay ningún
concepto del hombre en el que yo no esté incluido. Una doctrina que
proclama tal exclusión demuestra ser intrínsecamente contradictoria.

La idea expresada en el bíblico «Ama a tu prójimo como a ti mismo»,
implica que el respeto por la propia integridad y unicidad, el amor y la
comprensión del propio sí mismo, no pueden separarse del respeto,
el amor y la comprensión del otro individuo. El amor a sí mismo está
inseparablemente ligado al amor a cualquier otro ser.

Hemos llegado ahora a las premisas psicológicas básicas que
fundamentan las conclusiones de nuestro argumento. En términos
generales, dichas premisas son las siguientes: no sólo los demás,
sino nosotros mismos, somos «objeto» de nuestros sentimientos y
actitudes; las actitudes para con los demás y para con nosotros
mismos, lejos de ser contradictorias, son básicamente conjuntivas. En
lo que toca al problema que examinamos, eso significa: el amor a los
demás y el amor a nosotros mismos no son alternativas. Por el
contrario, en todo individuo capaz de amar a los demás se encontrará
una actitud de amor a sí mismo. El amor, en principio, es indivisible
en lo que atañe a la conexión entre los «objetos» y el propio ser. El
amor genuino constituye una expresión de la productividad, y entraña
cuidado, respeto, responsabilidad y conocimiento. No es un «afecto»
en el sentido de que alguien nos afecte, sino un esforzarse activo
arraigado en la propia capacidad de amar y que tiende al crecimiento
y la felicidad de la persona amada.

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