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  04 de Septiembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button

La mayoría de las mujeres desea tener hijos, son felices con el recién
nacido y vehementes en sus cuidados. Ello ocurre a pesar del hecho
de que no «obtienen» nada del niño a cambio, excepto una sonrisa o
una expresión de satisfacción en su rostro. Se supone que esa
actitud de amor está parcialmente arraigada en un equipo instintivo
que se encuentra tanto en los animales como en la mujer. Pero
cualquiera sea la gravitación de ese factor, también existen factores
psicológicos específicamente humanos que determinan este tipo de
amor maternal. Cabe encontrar uno de ellos en el elemento narcisista
del amor materno. En la medida en que sigue sintiendo al niño como
una parte suya, el amor y la infatuación pueden satisfacer su narcisismo.

Otra motivación radica en el deseo de poder o de posesión de
la madre. El niño, desvalido y sometido por entero a su voluntad,
constituye un objeto natural de satisfacción para una mujer dominante
y posesiva.

Si bien aparecen con frecuencia, tales motivaciones no son
probablemente tan importantes y universales como la que podemos
llamar necesidad de trascendencia. Tal necesidad de trascendencia
es una de las necesidades básicas del hombre, arraigada en el hecho
de su autoconciencia, en el hecho de que no está satisfecho con el
papel de la criatura, de que no puede aceptarse a sí mismo como un
dado arrojado fuera del cubilete. Necesita sentirse creador, ser
alguien que trasciende el papel pasivo de ser creado. Hay muchas
formas de alcanzar esa satisfacción en la creación; la más natural, y
también la más fácil de lograr, es el amor y el cuidado de la madre
por su creación. Ella se trasciende en el niño; su amor por él da
sentido y significación a su vida. (En la incapacidad misma del varón
para satisfacer su necesidad de trascendencia concibiendo hijos
reside su impulso a trascenderse por medio de la creación de cosas
hechas por el hombre y de ideas.)

Pero el niño debe crecer. Debe emerger del vientre materno, del
pecho de la madre; eventualmente, debe convertirse en un ser
humano completamente separado. La esencia misma
del amor materno es cuidar de que el niño crezca, y esto significa
desear que el niño se separe de ella. Ahí radica la diferencia básica
con respecto al amor erótico. En este último, dos seres que estaban
separados se convierten en uno solo. En el amor materno, dos seres
que estaban unidos se separan. La madre debe no sólo tolerar, sino
también desear y alentar la separación del niño. Sólo en esa etapa el
amor materno se convierte en una tarea sumamente difícil, que
requiere generosidad y capacidad de dar todo sin desear nada salvo
la felicidad del ser amado. También es en esa etapa donde muchas
madres fracasan en su tarea de amor materno. La mujer narcisista,
dominadora y posesiva puede llegar a ser una madre «amante»
mientras el niño es pequeño. Sólo la mujer que realmente ama, la
mujer que es más feliz dando que tomando, que está firmemente
arraigada en su propia existencia, puede ser una madre amante
cuando el niño está en el proceso de la separación.

El amor maternal por el niño que crece, amor que no desea nada
para sí, es quizá la forma de amor más difícil de lograr, y la más
engañosa, a causa de la facilidad con que una madre puede amar a
su pequeño. Pero, precisamente debido a dicha dificultad, una mujer
sólo puede ser una madre verdaderamente amante si puede amar; si
puede amar a su esposo, a otros niños, a los extraños, a todos los
seres humanos. La mujer que no es capaz de amar en ese sentido,
puede ser una madre afectuosa mientras su hijo es pequeño, pero no
será una madre amante, y la prueba de ello es la voluntad de aceptar
la separación -y aun después de la separación seguir amando-.

c. Amor erótico.

El amor fraterno es amor entre hermanos; el amor materno es amor
por el desvalido. Diferentes como son entre sí, tienen en común el
hecho de que, por su misma naturaleza, no están restringidos a una
sola persona. Si amo a mi hermano, amo a todos mis hermanos; si
amo a mi hijo, amo a todos mis hijos; no, más aún, amo a todos los
niños, a todos los que necesitan mi ayuda. En contraste con ambos
tipos de amor está el amor erótico: el anhelo de fusión completa, de
unión con una única otra persona. Por su propia naturaleza, es
exclusivo y no universal; es también, quizá, la forma de amor más
engañosa que existe.

En primer lugar, se lo confunde fácilmente con la experiencia
explosiva de «enamorarse», el súbito derrumbe de las barreras que
existían hasta ese momento entre dos desconocidos. Pero, como
señalamos antes, tal experiencia de repentina intimidad es, por su
misma naturaleza, de corta duración. Cuando el desconocido se ha
convertido en una persona íntimamente conocida, ya no hay más
barreras que superar, ningún súbito acercamiento que lograr. Se llega
a conocer a la persona «amada» tan bien como a uno mismo. O,
quizá, sería mejor decir tan poco. Si la experiencia de la otra persona
fuera más profunda, si se pudiera experimentar la infinitud de su
personalidad, nunca nos resultaría tan familiar -y el milagro de salvar
las barreras podría renovarse a diario-. Pero para la mayoría de la
gente, su propia persona, tanto como las otras, resulta rápidamente
explorada y agotada. Para ellos, la intimidad se establece
principalmente a través del contacto sexual. Puesto que
experimentan la separatidad de la otra persona fundamentalmente
como separatidad física, la unión física significa superar la
separatidad.

Existen, además, otros factores que para mucha gente significan una
superación de la separatidad. Hablar de la propia vida, de las
esperanzas y angustias, mostrar los propios aspectos infantiles,
establecer un interés común frente al mundo =se consideran formas
de salvar la separatidad-. Aun la exhibición de enojo, odio, de la
absoluta falta de inhibición, se consideran pruebas de intimidad, y ello
puede explicar la atracción pervertida que sienten los integrantes de
muchos matrimonios que sólo parecen íntimos cuando están en la
cama o cuando dan rienda suelta a su odio y a su rabia recíprocos.
Pero la intimidad de este tipo tiende a disminuir cada vez más a
medida que transcurre el tiempo. El resultado es que se trata de
encontrar amor en la relación con otra persona, con un nuevo desconocido.

Este se transforma nuevamente en una persona «íntima», la
experiencia de enamorarse vuelve a ser estimulante e intensa, para
tornarse otra vez menos y menos intensa, y concluye en el deseo de
una nueva conquista, un nuevo amor -siempre con la ilusión de que el
nuevo amor será distinto de los anteriores-. El carácter engañoso del
deseo sexual contribuye al mantenimiento de tales ilusiones.

El deseo sexual tiende a la fusión -y no es en modo alguno sólo un
apetito físico, el alivio de una tensión penosa-. Pero el deseo sexual
puede ser estimulado por la angustia de la soledad, por el deseo de
conquistar o de ser conquistado, por la vanidad, por el deseo de herir
y aun de destruir, tanto como por el amor. Parecería que cualquier
emoción intensa, el amor entre otras, puede estimular y fundirse con
el deseo sexual. Como la mayoría de la gente une el deseo sexual a
la idea del amor, con facilidad incurre en el error de creer que se ama
cuando se desea físicamente. El amor puede inspirar el deseo de la
unión sexual; en tal caso, la relación física hállase libre de avidez, del
deseo de conquistar o ser conquistado, pero está fundido con la
ternura. Si el deseo de unión física no está estimulado por el amor, si
el amor erótico no es a la vez fraterno, jamás conduce a la unión
salvo en un sentido orgiástico y transitorio. La atracción sexual crea,
por un momento, la ilusión de la unión, pero, sin amor, tal «unión»
deja a los desconocidos tan separados como antes -a veces los hace
avergonzarse el uno del otro, o aun odiarse recíprocamente, porque,
cuando la ilusión se desvanece, sienten su separación más
agudamente que antes-. La ternura no es en modo alguno, como
creía Freud, una sublimación del instinto sexual; es el producto
directo del amor fraterno, y existe tanto en las formas físicas del
amor, como en las no físicas.

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