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3. LOS OBJETOS AMOROSOS



El amor no es esencialmente una relación con una persona
específica; es una actitud, una orientación del carácter que determina
el tipo de relación de una persona con el mundo como totalidad, no
con un «objeto» amoroso. Si una persona ama sólo a otra y es
indiferente al resto de sus semejantes, su amor no es amor, sino una
relación simbiótica, o un egotismo ampliado. Sin embargo, la mayoría
de la gente supone que el amor está constituido por el objeto, no por
la facultad. En realidad, llegan a creer que el hecho de que no amen
sino a una determinada persona prueba la intensidad de su amor.

Trátase aquí de la misma falacia que mencionamos antes. Como no
comprenden que el amor es una actividad, un poder del alma, creen
que lo único necesario es encontrar un objeto adecuado -y que
después todo viene solo-. Puede compararse esa actitud con la de un
hombre que quiere pintar, pero que en lugar de aprender el arte
sostiene que debe esperar el objeto adecuado, y que pintará
maravillosamente bien cuando lo encuentre. Si amo realmente a una
persona, amo a todas las personas, amo al mundo, amo la vida. Si
puedo decirle a alguien «Te amo», debo poder decir «Amo a todos en
ti, a través de ti amo al mundo, en ti me amo también a mí mismo».

Decir que el amor es una orientación que se refiere a todos y no a
uno no implica, empero, la idea de que no hay diferencias entre los
diversos tipos de amor, que dependen de la clase de objeto que se
ama.

a. Amor fraternal.

La clase más fundamental de amor, básica en todos los tipos de
amor, es el amor fraternal. Por él se entiende el sentido de
responsabilidad, cuidado, respeto y conocimiento con respecto a
cualquier otro ser humano, el deseo de promover su vida. A esta
clase de amor se refiere la Biblia cuando dice: ama a tu prójimo como
a ti mismo. El amor fraternal es el amor a todos los seres humanos;
se caracteriza por su falta de exclusividad. Si he desarrollado la
capacidad de amar, no puedo dejar de amar a mis hermanos. En el
amor fraternal se realiza la experiencia de unión con todos los
hombres, de solidaridad humana, de reparación humana. El amor
fraternal se basa en la experiencia de que todos somos uno. Las
diferencias en talento, inteligencia, conocimiento, son despreciables
en comparación con la identidad de la esencia humana común a
todos los hombres. Para experimentar dicha identidad es necesario
penetrar desde la periferia hacia el núcleo. Si percibo en otra persona
nada más que lo superficial, percibo principalmente las diferencias, lo
que nos separa. Si penetro hasta el núcleo, percibo nuestra
identidad, el hecho de nuestra hermandad. Esta relación de centro a
centro -en lugar de la de periferia a periferia- es una «relación
central». O, como lo expresó bellamente Simone Weil: «Las mismas
palabras [por ejemplo, un hombre dice a su mujer, `te amo'] pueden
ser triviales o extraordinarias según la forma en que se digan. Y esa
forma depende de la profundidad de la región en el ser de un hombre
de donde procedan, sin que la voluntad pueda hacer nada. Y, por un
maravilloso acuerdo, alcanzan la misma región en quien las escucha.

De tal modo, el que escucha puede discernir, si tiene alguna
capacidad de discernimiento, cuál es el valor de las palabras» (
Simone Weil, Gravity and Grace, Nueva York, G. P. Putnam's Sons,
1952, pág. 117.)

El amor fraternal es amor entre iguales: pero, sin duda, aun como
iguales no somos siempre «iguales»; en la medida en que somos
humanos, todos necesitamos ayuda. Hoy yo, mañana tú. Esa
necesidad de ayuda, empero, no significa que uno sea desvalido y el
otro poderoso. La desvalidez es una condición transitoria; la
capacidad de pararse y caminar sobre los propios pies es común y
permanente.

Sin embargo, el amor al desvalido, al pobre y al desconocido, son el
comienzo del amor fraternal. Amar a los de nuestra propia carne y
sangre no es hazaña alguna. Los animales aman a sus vástagos y
los protegen. El desvalido ama a su dueño, puesto que su vida
depende de él; el niño ama a sus padres, pues los necesita. El amor
sólo comienza a desarrollarse cuando amamos a quienes no
necesitamos para nuestros fines personales. En forma harto
significativa, en el Antiguo Testamento, el objeto central del amor del
hombre es el pobre, el extranjero, la viuda y el huérfano, y,
eventualmente, el enemigo nacional, el egipcio y el edomita. Al tener
compasión del desvalido el hombre comienza a desarrollar amor a su
hermano; y al amarse a sí mismo, ama también al que necesita
ayuda, al frágil e inseguro ser humano. La compasión implica el elemento
de conocimiento e identificación. «Tú conoces el corazón del
extranjero», dice el Antiguo Testamento, «puesto que fuiste
extranjero en la tierra de Egipto... ¡por lo tanto, ama al extranjero» (
La misma idea ha sido expresada por Hermann Cohen en su Religion
der Vernunft aus den Quellen des Judentums, Frankfurt am Main, J.
Kaufmann Verlag, 1929, págs. 168 y sig.).
b. Amor materno.

Nos hemos referido ya a la naturaleza del amor materno en un
capítulo anterior, al hablar de la diferencia entre el amor materno y el
paterno. El amor materno, como dije entonces, es una afirmación
incondicional de la vida del niño y sus necesidades. Pero debo hacer
aquí una importante adición a tal descripción. La afirmación de la vida
del niño presenta dos aspectos: uno es el cuidado y la
responsabilidad absolutamente necesarios para la conservación de la
vida del niño y su crecimiento. El otro aspecto va más allá de la mera
conservación. Es la actitud que inculca en el niño el amor a la vida,
que crea en él el sentimiento: ¡es bueno estar vivo, es bueno ser una
criatura, es bueno estar sobre esta tierra! Esos dos aspectos del
amor materno se expresan muy sucintamente en el relato bíblico de
la creación. Dios crea el mundo y el hombre. Esto corresponde al
simple cuidado y afirmación de la existencia. Pero Dios va más allá
de ese requerimiento mínimo. Cada día posterior a la creación de la
naturaleza -y del hombre- «Dios vio que era bueno». El amor
materno, en su segunda etapa, hace sentir al niño: es una suerte
haber nacido; inculca en el niño el amor a la vida, y no sólo el deseo
de conservarse vivo. La misma idea se expresa en otro simbolismo
bíblico. La tierra prometida (la tierra es siempre un símbolo materno)
se describe como «plena de leche y miel». La leche es el símbolo del
primer aspecto del amor, el de cuidado y afirmación. La miel
simboliza la dulzura de la vida, el amor por ella y la felicidad de estar
vivo. La mayoría de las madres son capaces de dar «leche», pero
sólo unas pocas pueden dar «miel» también. Para estar en
condiciones de dar miel, una madre debe ser no sólo una «buena
madre», sino una persona feliz -y no son muchas las que logran
alcanzar esa meta-. No hay peligro de exagerar el efecto sobre el
niño. El amor de la madre a la vida es tan contagioso como su
ansiedad. Ambas actitudes ejercen un profundo efecto sobre la
personalidad total del niño; indudablemente, es posible distinguir,
entre los niños -y los adultos- los que sólo recibieron «leche» y los
que recibieron «leche y miel».

En contraste con el amor fraternal y el erótico, que se dan entre
iguales, la relación entre madre e hijo es, por su misma naturaleza,
de desigualdad, en la que uno necesita toda la ayuda y la otra la
proporciona. Y es precisamente por su carácter altruista y generoso
que el amor materno ha sido considerado la forma más elevada de
amor, y el más sagrado de todos los vínculos emocionales. Parece,
sin embargo, que la verdadera realización del amor materno no está
en el amor de la madre al pequeño bebé, sino en su amor por el niño
que crece. En realidad, la vasta mayoría de las madres ama a sus
hijos mientras éstos son pequeños y dependen por completo de ellas.

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