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  04 de Septiembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button

Para comprender ese paso de la madre al padre, debemos
considerar las esenciales diferencias cualitativas entre el amor
materno y el paterno. Hemos hablado ya acerca del amor materno.

Ese es, por su misma naturaleza, incondicional. La madre ama al
recién nacido porque es su hijo, no porque el niño satisfaga alguna
condición específica ni porque llene sus aspiraciones particulares.
(Naturalmente, cuando hablo del amor de la madre y del padre, me
refiero a «tipos ideales» -en el sentido de Max Weber o en el del
arquetipo de Jung- y no significo que todos los padres amen en esa
forma. Me refiero al principio materno y al paterno, representados en
la persona materna y paterna.) El amor incondicional corresponde a
uno de los anhelos más profundos, no sólo del niño, sino de todo ser
humano; por otra parte, que nos amen por los propios méritos,
porque uno se lo merece, siempre crea dudas; quizá no complací a la
persona que quiero que me ame, quizás eso, quizás aquello -siempre
existe el temor de que el amor desaparezca-. Además, el amor
«merecido» siempre deja un amargo sentimiento de no ser amado
por uno mismo, de que sólo se nos ama cuando somos
complacientes, de que, en último análisis, no se nos ama, sino que se
nos usa. No es extraño, entonces, que todos nos aferremos al anhelo
de amor materno, cuando niños y también cuando adultos. La
mayoría de los niños tienen la suerte de recibir amor materno (más
adelante veremos en qué medida). Cuando adultos, el mismo anhelo
es más difícil de satisfacer. En el desarrollo-más satisfactorio, permanece
como un componente del amor erótico normal; muchas
veces encuentra su expresión en formas religiosas, pero con mayor
frecuencia en formas neuróticas.

La relación con el padre es enteramente distinta. La madre es el
hogar de donde venimos, la naturaleza, el suelo, el océano; el padre
no representa un hogar natural de ese tipo. Tiene escasa relación con
el niño durante los primeros años de su vida, y su importancia para
éste no puede compararse a la de la madre en ese primer período.
Pero, si bien el padre no representa el mundo natural, significa el otro
polo de la existencia humana; el mundo del pensamiento, de las
cosas hechas por el hombre, de la ley y el orden, de la disciplina, los
viajes y la aventura. El padre es el que enseña al niño, el que le
muestra el camino hacia el mundo.

En estrecha conexión con esa función, existe otra, vinculada al
desarrollo económico-social. Cuando surgió la propiedad privada, y
cuando uno de los hijos pudo heredar la propiedad privada, el padre
comenzó a seleccionar al hijo a quien legaría su propiedad. Desde
luego, elegía al que consideraba mejor dotado para convertirse en su
sucesor, el hijo que más se le asemejaba y, en consecuencia, el que
prefería. El amor paterno es condicional. Su principio es «te amo
porque llenas mis aspiraciones, porque cumples con tu deber, porque
eres como yo». En el amor condicional del padre encontramos, como
en el caso del amor incondicional de la madre, un aspecto negativo y
uno positivo. El aspecto negativo consiste en el hecho mismo de que
el amor paterno debe ganarse, de que puede perderse si uno no hace
lo que de uno se espera. A la naturaleza del amor paterno débese el
hecho de que la obediencia constituya la principal virtud, la
desobediencia el principal pecado, cuyo castigo es la pérdida del
amor del padre. El aspecto positivo es igualmente importante. Puesto
que el amor de mi padre es condicional, es posible hacer algo por
conseguirlo; su amor no está fuera de mi control, como ocurre con el
de mi madre.

Las actitudes del padre y de la madre hacia el niño corresponden a
las propias necesidades de ése. El infante necesita el amor
incondicional y el cuidado de la madre, tanto fisiológica como
psíquicamente. Después de los seis años, el niño comienza a
necesitar el amor del padre, su autoridad y su guía. La función de la
madre es darle seguridad en la vida; la del padre, enseñarle, guiarlo
en la solución de los problemas que le plantea la sociedad particular
en la que ha nacido. En el caso ideal, el amor de la madre no trata de
impedir que el niño crezca, no intenta hacer una virtud de la
desvalidez. La madre debe tener fe en la vida, y, por ende, no ser
exageradamente ansiosa y no contagiar al niño su ansiedad. Querer
que el niño se torne independiente y llegue a separarse de ella debe
ser parte de su vida. El amor paterno debe regirse por principios y expectaciones;
debe ser paciente y tolerante, no amenazador y
autoritario. Debe darle al niño que crece un sentido cada vez mayor
de la competencia, y oportunamente permitirle ser su propia autoridad
y dejar de lado la del padre.

Eventualmente, la persona madura llega a la etapa en que es su
propio padre y su propia madre. Tiene, por así decirlo, una conciencia
materna y paterna. La conciencia materna dice: «No hay ningún
delito, ningún crimen, que pueda privarte de mi amor, de mi deseo de
que vivas y seas feliz.» La conciencia paterna dice: «Obraste mal, no
puedes dejar de aceptar las consecuencias de tu mala acción, y,
especialmente, debes cambiar si quieres que te aprecie.» La persona
madura se ha liberado de las figuras exteriores de la madre y el
padre, y las ha erigido en su interior. Sin embargo, y en contraste con
el concepto freudiano del superyó, las ha construido en su interior sin
incorporar al padre y a la madre, sino elaborando una conciencia
materna sobre su propia capacidad de amar, y una conciencia
paterna fundada en su razón y su discernimiento. Además, la persona
madura ama tanto con la conciencia materna como con la paterna, a
pesar de que ambas parecen contradecirse mutuamente. Si un
individuo conservara sólo la conciencia paterna, se tornaría áspero e
inhumano. Si retuviera únicamente la conciencia materna, podría
perder su criterio y obstaculizar su propio desarrollo o el de los
demás.

En esa evolución de la relación centrada en la madre a la centrada en
el padre, y su eventual síntesis, se encuentra la base de la salud
mental y el logro de la madurez. El fracaso de dicho desarrollo
constituye la causa básica de la neurosis. Si bien está más allá de los
propósitos de este libro examinar más profundamente este punto,
algunas breves observaciones servirán para aclarar esa afirmación.
Una de las causas del desarrollo neurótico puede radicar en que el
niño tiene una madre amante, pero demasiado indulgente o
dominadora, y un padre débil e indiferente. En tal caso, puede
permanecer fijado a una temprana relación con la madre, y
convertirse en un individuo dependiente de la madre, que se siente
desamparado, posee los impulsos característicos de la persona
receptiva, es decir, de recibir, de ser protegido y cuidado, y que
carece de las cualidades paternas -disciplina, independencia,
habilidad de dominar la vida por sí mismo-. Puede tratar de encontrar
«madres» en todo el mundo, a veces en las mujeres y a veces en los
hombres que ocupan una posición de autoridad y poder. Si, por el
contrario, la madre es fría, indiferente y dominadora, puede transferir
la necesidad de protección materna al padre y a subsiguientes figuras
paternas, en cuyo caso el resultado final es similar al caso anterior, o
se convierte en una persona de orientación unilateralmente paterna,
enteramente entregado a los principios de la ley, el orden y la
autoridad, y carente de la capacidad de esperar o recibir amor
incondicional. Ese desarrollo se ve intensificado si el padre es
autoritario y, al mismo tiempo, muy apegado al hijo. Lo característico
de todos esos desarrollos neuróticos es el hecho de que un principio,
el paterno o el materno, no alcanza a desarrollarse, o bien -como
ocurre en muchas neurosis serias que los papeles de la madre y el
padre se tornan confusos tanto en lo relativo a las personas
exteriores como a dichos papeles dentro de la persona. Un examen
más profundo puede mostrar que ciertos tipos de neurosis, las
obsesivas, por ejemplo, se desarrollan especialmente sobre la base
de un apego unilateral al padre, mientras que otras, como la histeria,
el alcoholismo, la incapacidad de autoafirmarse y de enfrentar la vida
en forma realista, y las depresiones, son el resultado de una relación
centrada en la madre.

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