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  04 de Septiembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button

El problema de la polaridad hombre-mujer lleva a ciertas
consideraciones ulteriores sobre la cuestión del amor y el sexo.

Hablé antes del error que cometió Freud al ver en el amor exclusivamente
la expresión -o una sublimación- del instinto sexual, en
lugar de reconocer que el deseo sexual es una manifestación de la
necesidad de amor y de unión. Pero el error de Freud es más hondo
todavía. De acuerdo con su materialismo fisiológico, ve en el instinto
sexual el resultado de una tensión químicamente producida en el
cuerpo, que es dolorosa y busca alivio. La finalidad del deseo sexual
es la eliminación de esa tensión; la satisfacción sexual consiste en tal
eliminación. Este punto de vista es válido en la medida en que el
deseo sexual opera en la misma forma que el hambre o la sed
cuando el organismo se encuentra desnutrido. En tal sentido, el
deseo sexual es una comezón, y la satisfacción sexual, el alivio de
esa comezón. En realidad, en lo que al concepto de sexualidad se
refiere, la masturbación sería la satisfacción sexual ideal. Lo que
Freud paradójicamente no tiene en cuenta es el aspecto
psicobiológico de la sexualidad, la polaridad masculino-femenina, y el
deseo de resolver la polaridad por medio de la unión. Ese curioso
error probablemente vióse facilitado por el extremo patriarcalismo de
Freud, que lo llevó a suponer que la sexualidad per se es masculina,
y le hizo ignorar la sexualidad femenina específica. Expresó tal idea
en Una teoría sexual, diciendo que la libido posee regularmente «una
naturaleza masculina», se trate de la libido de un hombre o de una
mujer. La misma idea se expresa, en una forma racionalizada, en la
teoría de que el niño experimenta a la mujer como un hombre castrado,
y de que ella misma busca diversas compensaciones a la
pérdida del genital masculino. Pero la mujer no es un hombre
castrado, y su sexualidad es específicamente femenina y no de
«naturaleza masculina».

La necesidad de aliviar la tensión sólo motiva parcialmente la
atracción entre los sexos; la motivación fundamental es la necesidad
de unión con el otro polo sexual. De hecho, la atracción erótica no se
expresa únicamente en la atracción sexual. Hay masculinidad y
feminidad en el carácter tanto como en la función sexual. Puede
definirse el carácter masculino diciendo que posee las cualidades de
penetración, conducción, actividad, disciplina y aventura; el carácter
femenino, las cualidades de receptividad productiva, protección,
realismo, resistencia, maternalidad. (Siempre debe tenerse presente
que en cada individuo se funden ambas características, pero con
predominio de las correspondientes a su sexo.) Si los rasgos
masculinos del carácter de un hombre están debilitados porque
emocionalmente sigue siendo una criatura, es muy frecuente que
trate de compensar esa falta acentuando exclusivamente su papel
masculino en el sexo. El resultado es el Don Juan, que necesita demostrar
sus proezas masculinas en el terreno sexual, porque está
inseguro de su masculinidad en un sentido caracterológico. Cuando
la parálisis de la masculinidad es más intensa, el sadismo (el uso de
la fuerza) se convierte en el principal -y perverso- sustituto de la
masculinidad. Si la sexualidad femenina está debilitada o pervertida,
se transforma en masoquismo o posesividad.

Se ha criticado a Freud por su sobrevaloración de lo sexual. Tales
críticas estuvieron frecuentemente motivadas por el deseo de eliminar
del sistema freudiano un elemento que despertó la hostilidad y la
crítica de la gente de mentalidad convencional. Freud percibió
agudamente esa motivación y, por eso mismo, luchó contra todo
intento de modificar su teoría sexual. Es indudable que en su época
la teoría freudiana tenía un carácter desafiante y revolucionario. Pero
lo que era cierto alrededor de 1900 ya no lo es cincuenta años más
tarde. Las costumbres sexuales han cambiado tanto que las teorías
de Freud ya no le resultan escandalosas a la clase media occidental,
y los analistas ortodoxos actuales practican una forma quijotesca de
radicalismo cuando creen que son los valerosos y extremistas
defensores de la teoría sexual de Freud. En realidad, su tipo de
psicoanálisis es conformista, y no trata de plantear problemas
psicológicos que lleven a una crítica de la sociedad contemporánea.

No critico la teoría freudiana por acentuar excesivamente la
sexualidad, sino por su fracaso en comprenderla con profundidad.
Freud dio el primer paso hacia el descubrimiento de la significación
de las pasiones interpersonales; de acuerdo con sus premisas
filosóficas, las explicó fisiológicamente. En el desarrollo ulterior del
psicoanálisis, es necesario corregir y profundizar el concepto
freudiano, trasladando las concepciones de Freud de la dimensión
fisiológica a la biológica y existencial. (El mismo Freud dio un primer
paso en esa dirección en su posterior concepto de los instintos de
vida y de muerte. Su concepto del instinto de vida (eros) como
principio de síntesis y de unificación, se encuentra en un plano
enteramente distinto al de su concepto de la libido. Pero a pesar de
que la teoría de los instintos de vida y de muerte fue aceptada por los
analistas ortodoxos, ello no llevó a una revisión fundamental del
concepto de libido, especialmente en lo que toca a la labor clínica. )

2. EL AMOR ENTRE PADRES E HIJOS

Al nacer, el infante sentiría miedo de morir si un gracioso destino no
lo protegiera de cualquier conciencia de la angustia implícita en la
separación de la madre y de la existencia intrauterina. Aun después
de nacer, el infante es apenas diferente de lo que era antes del
nacimiento; no puede reconocer objetos, no tiene aún conciencia de
sí mismo, ni del mundo como algo exterior a él. Sólo siente la
estimulación positiva del calor y el alimento, y todavía no los distingue
de su fuente: la madre. La madre es calor, es alimento, la madre es el
estado eufórico de satisfacción y seguridad. Ese estado es narcisista,
para usar un término de Freud. La realidad exterior, las personas y
las cosas, tienen sentido sólo en la medida en que satisfacen o frustran
el estado interno del cuerpo. Sólo es real lo que está adentro; lo
exterior sólo es real en función de mis necesidades -nunca en función
de sus propias cualidades o necesidades-. Cuando el niño crece y se
desarrolla, se vuelve capaz de percibir las cosas como son; la
satisfacción de ser alimentado se distingue del pezón, el pecho de la
madre. Eventualmente, el niño experimenta su sed, la leche que le
satisface, el pecho y la madre, como entidades diferentes. Aprende a
percibir muchas otras cosas como diferentes, como poseedoras de
una existencia propia: En ese momento empieza a darles nombres. Al
mismo tiempo aprende a manejarlas; aprende que el fuego es
caliente y doloroso, que el cuerpo de la madre es tibio y placentero,
que la mamadera es dura y pesada, que el papel es liviano y se
puede rasgar. Aprende a manejar a la gente; que la mamá sonríe
cuando él come; que lo alza en sus brazos cuando llora; que lo alaba
cuando mueve el vientre. Todas esas experiencias se cristalizan o
integran en la experiencia: me aman. Me aman porque soy el hijo de
mi madre. Me aman porque estoy desvalido. Me aman porque soy
hermoso, admirable. Me aman porque mi madre me necesita. Para
utilizar una fórmula más general: me aman por lo que soy, o quizá
más exactamente, me aman porque soy. Tal experiencia de ser
amado por la madre es pasiva. No tengo que hacer nada para que
me quieran -el amor de la madre es incondicional-. Todo lo que
necesito es ser -ser su hijo-. El amor de la madre significa dicha, paz,
no hace falta conseguirlo, ni merecerlo. Pero la cualidad incondicional
del amor materno tiene también un aspecto negativo. No sólo es
necesario merecerlo, mas también es imposible conseguirlo,
producirlo, controlarlo. Si existe, es como una bendición; si no existe,
es como si toda la belleza hubiera desaparecido de la vida -y nada
puedo hacer para crearla-.

Para la mayoría de los niños entre los ocho y medio a los diez años
(Cf. la descripción que de ese desarrollo hace Sullivan en The
Interpersonal Theory of Psychiatry, Nueva York, W. W. Norton and
Co., 1953.), el problema consiste casi exclusivamente en ser amado -
en ser amado por lo que se es-. Antes de esa edad, el niño aún no
ama; responde con gratitud y alegría al amor que se le brinda. A esa
altura del desarrollo infantil, aparece en el cuadro un nuevo factor: un
nuevo sentimiento de producir amor por medio de la propia actividad.

Por primera vez, el niño piensa en dar algo a sus padres, en producir
algo -un poema, un dibujo, o lo que fuere-. Por primera vez en la vida
del niño, la idea del amor se transforma de ser amado a amar, en
crear amor. Muchos años transcurren desde ese primer comienzo
hasta la madurez del amor. Eventualmente, el niño, que puede ser
ahora un adolescente, ha superado su egocentrismo; la otra persona
ya no es primariamente un medio para satisfacer sus propias
necesidades. Las necesidades de la otra persona son tan importantes
como las propias; en realidad, se han vuelto más importantes. Dar es
más satisfactorio, más dichoso que recibir; amar, aún más importante
que ser amado. Al amar, ha abandonado la prisión de soledad y
aislamiento que representaba el estado de narcisismo y
autocentrismo. Siente una nueva sensación de unión, de compartir,
de unidad. Más aún, siente la potencia de producir amor -antes que la
dependencia de recibir siendo amado- para lo cual debe ser pequeño,
indefenso, enfermo -o «bueno»-. El amor infantil sigue el principio:
«Amo porque me aman.» El amor maduro obedece al principio: «Me
aman porque amo.» El amor inmaduro dice: «Te amo porque te
necesito.» El amor maduro dice: «Te necesito porque te amo.»

En estrecha relación con el desarrollo de la capacidad de amar está
la evolución del objeto amoroso. En los primeros meses y años de la
vida, la relación más estrecha del niño es la que tiene con la madre.

Esa relación comienza antes del nacimiento, cuando madre e hijo son
aún uno, aunque sean dos. El nacimiento modifica la situación en
algunos aspectos, pero no tanto como parecería. El niño, si bien vive
ahora fuera del vientre materno, todavía depende por completo de la
madre. Pero día a día se hace más independiente: aprende a
caminar, a hablar, a explorar el mundo por su cuenta; la relación con
la madre pierde algo de su significación vital; en cambio, la relación
con el padre se torna cada vez más importante.

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