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  04 de Septiembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button

Sin embargo, la esfera más importante del dar no es la de las cosas
materiales, sino el dominio de lo específicamente humano. ¿Qué le
da una persona a otra? Da de sí misma, de lo más precioso que
tiene, de su propia vida. Ello no significa necesariamente que
sacrifica su vida por la otra, sino que da lo que está vivo en él -da de
su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de
su humor, de su tristeza-, de todas las expresiones y manifestaciones
de lo que está vivo en él. Al dar así de su vida, enriquece a la otra
persona, realza el sentimiento de vida de la otra al exaltar el suyo
propio. No da con el fin de recibir; dar es de por sí una dicha
exquisita. Pero, al dar, no puede dejar de llevar a la vida algo en la
otra persona, y eso que nace a la vida se refleja a su vez sobre ella;
cuando da verdaderamente, no puede dejar de recibir lo que se le da
en cambio. Dar implica hacer de la otra persona un dador, y ambas
comparten la alegría de lo que han creado. Algo nace en el acto de
dar, y las dos personas involucradas se sienten agradecidas a la vida
que nace para ambas. En lo que toca específicamente al amor, eso
significa: el amor es un poder que produce amor; la impotencia es la
incapacidad de producir amor. Marx ha expresado bellamente este
pensamiento: «Supongamos -dice-, al hombre como hombre, y su
relación con el mundo en su aspecto humano, y podremos
intercambiar amor sólo por amor, confianza por confianza, etc. Si se
quiere disfrutar del arte, se debe poseer una formación artística; si se
desea tener influencia sobre otra gente, se debe ser capaz de ejercer
una influencia estimulante y alentadora sobre la gente. Cada una de
nuestras relaciones con el hombre y con la naturaleza debe ser una
expresión definida de nuestra vida real, individual, correspondiente al
objeto de nuestra voluntad. Si amamos sin producir amor, es decir, si
nuestro amor como tal no produce amor, si por medio de una
expresión de vida como personas que amamos, no nos convertimos
en personas amadas, entonces nuestro amor es impotente, es una
desgracia» («Nationalókonomie und Philosophie», 1844, publicada en
Karl Marx. Die Frühschrifien, Stuttgart. Alfred Króner Verlag, 1953,
págs. 300. 301). Pero no sólo en lo que atañe al amor dar significa
recibir. El maestro aprende de sus alumnos, el auditorio estimula al
actor, el paciente cura a su psicoanalista -siempre y cuando no se
traten como objetos, sino que estén relacionados entre sí en forma
genuina y productiva

Apenas si es necesario destacar el hecho de que la capacidad de
amar como acto de dar depende del desarrollo caracterológico de la
persona. Presupone el logro de una orientación predominantemente
productiva, en la que la persona ha superado la dependencia, la
omnipotencia narcisista, el deseo de explotar a los demás, o de
acumular, y ha adquirido fe en sus propios poderes humanos y coraje
para confiar en su capacidad para alcanzar el logro de sus fines. En
la misma medida en que carece de tales cualidades, tiene miedo de
darse, y, por tanto, de amar.

Además del elemento de dar, el carácter activo del amor se vuelve
evidente en el hecho de que implica ciertos elementos básicos,
comunes a todas las formas del amor. Esos elementos son: cuidado,
responsabilidad, respeto y conocimiento.

Que el amor implica cuidado es especialmente evidente en el amor
de una madre por su hijo. Ninguna declaración de amor por su parte
nos parecería sincera si viéramos que descuida al niño, si deja de
alimentarlo, de bañarlo, de proporcionarle bienestar físico; y creemos
en su amor si vemos que cuida al niño. Lo mismo ocurre incluso con
el amor a los animales y las flores. Si una mujer nos dijera que ama
las flores, y viéramos que se olvida de regarlas, no creeríamos en su
«amor» ú las flores. El amor es la preocupación activa por la vida y el
crecimiento de lo que amamos. Cuando falta tal preocupación activa,
no hay amor. En el libro de Jonás se describe en forma sumamente
bella este elemento del amor. Dios le ha dicho a Jonás que vaya a
Nínive para advertir a sus habitantes que serán castigados si no
abandonan sus prácticas perversas. Jonás huye de su misión porque
teme que la gente de Nínive se arrepienta y que Dios los perdone. Es
un hombre con un poderoso sentido del orden y de la ley, pero sin
amor. Sin embargo, al tratar de escapar, se encuentra en el vientre
de una ballena, que simboliza el estado de aislamiento y reclusión
que ha provocado en el su falta de amor y de solidaridad. Dios lo
salva, y Jonás va a Nínive. Predica ante los habitantes tal como Dios
se lo ha mandado, y ocurre aquello que él tanto temía. Los hombres
de Nínive se arrepienten de sus pecados, abandonan sus malos
hábitos, y Dios los perdona y decide no destruir la ciudad. Jonás se
siente hondamente enojado y apesadumbrado; él quería «justicia»,
no misericordia. Por fin encuentra cierto consuelo en la sombra de un
árbol que Dios ha hecho Crecer para protegerlo del sol. Pero cuando
Dios hace que el árbol se seque, Jonás se deprime y se queja
airadamente a Dios. Dios responde: «Tuviste tú lástima de la
calabacera, en la cual no trabajaste, ni tú la hiciste crecer; que en
espacio de una noche nació y en espacio de una noche pereció. Y no
tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad, donde hay más de
ciento veinte mil personas que no conocen su mano derecha su mano
izquierda, y muchos animales?» La respuesta de Dios a Jonás debe
entenderse simbólicamente. Dios le explica a Jonás que la esencia
del amor es «trabajar» por algo y «hacer crecer», que e amor y el
trabajo son inseparables. Se ama aquello por lo que se trabaja, y se
trabaja por lo que se ama. El cuidado y la preocupación implican otro
aspecto del amor: el de la responsabilidad. Hoy en día suele usarse
ese término para denotar un deber, algo impuesto desde el exterior.

Pero la responsabilidad, en su verdadero sentido, es un acto
enteramente voluntario, constituye mi respuesta a las necesidades,
expresadas o no, de otro ser humano. Ser «responsable» significa
estar listo y dispuesto a «responder». Jonás no se sentía responsable
ante los habitantes de Nínive. El, como Caín, podía preguntar: «¿Soy
yo el guardián de mi hermano?» La persona que ama, responde. La
vida de su hermano no es sólo asunto de su hermano, sino. propio.
Siéntese tan responsable por sus semejantes como por sí mismo. Tal
responsabilidad, en el caso de la madre y su hijo, atañe
principalmente al cuidado de las necesidades físicas. En el amor
entre adultos, a las necesidades psíquicas de la otra persona.

La responsabilidad podría degenerar fácilmente en dominación y
posesividad, si no fuera por un tercer componente del amor, el
respeto. Respeto no significa temor y sumisa reverencia; denota, de
acuerdo con la raíz de la palabra (respicere = mirar), la capacidad de
ver a una persona tal cual es, tener conciencia de su individualidad
única. Respetar significa preocuparse por que la otra persona crezca
y se desarrolle tal como es. De ese modo, el respeto implica la
ausencia de explotación. Quiero que la persona amada crezca y se
desarrolle por sí misma, en la forma que les es propia, y no para
servirme. Si amo a la otra persona, me siento uno con ella, pero con
ella_ tal cual es, no como yo necesito que sea, como un objeto para
mi uso. Es obvio que el respeto sólo es posible si yo he alcanzado
independencia; si puedo caminar sin muletas, sin tener que dominar
ni explotar a nadie. El respeto sólo existe sobre la base de la libertad:
" l'amour est l'enfant de la liberté», dice una vieja canción francesa; el
amor es hijo de la libertad, nunca de la dominación.

Respetar a una persona sin conocerla, no es posible; el cuidado y la
responsabilidad serían ciegos si no los guiara el conocimiento. El
conocimiento sería vacío si no lo motivara la preocupación. Hay
muchos niveles de conocimiento; el que constituye un aspecto del
amor no se detiene en la periferia, sino que penetra hasta el meollo.

Sólo es posible cuando puedo trascender la preocupación por mí
mismo y ver a la otra persona en sus propios términos. Puedo saber,
por ejemplo, que una persona está encolerizada, aunque no lo
demuestre abiertamente; pero puedo llegar a conocerla más
profundamente aún; sé entonces que está angustiada, e inquieta; que
se siente sola, que se siente culpable. Sé entonces que su cólera no
es más que la manifestación de algo más profundo, y la veo angustiada
e inquieta, es decir, como una persona que sufre y no como
una persona enojada.

Pero el conocimiento tiene otra relación, más fundamental, con el
problema del amor. La necesidad básica de fundirse con otra persona
para trascender de ese modo la prisión de la propia separatidad se
vincula, de modo íntimo, con otro deseo específicamente humano, el
de conocer el «secreto del hombre». Si bien la vida en sus aspectos
meramente biológicos es un milagro y un secreto, el hombre, en sus
aspectos humanos, es un impenetrable secreto para sí mismo -y para
sus semejantes-. Nos conocemos y, a pesar de todos los esfuerzos
que podamos realizar, no nos conocemos. Conocemos a nuestros
semejantes y, sin embargo, no los conocemos, porque no somos una
cosa, y tampoco lo son nuestros semejantes. Cuanto más avanzamos
hacia las profundidades de nuestro ser, o el ser de los otros, más nos
elude la meta del conocimiento. Sin embargo, no podemos dejar de
sentir el deseo de penetrar en el secreto del alma humana, en el
núcleo más profundo que es «él».

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