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  04 de Septiembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button

En la sociedad capitalista contemporánea, el significado del término
igualdad se ha transformado. Por él se entiende la igualdad de los
autómatas, de hombres que han perdido su individualidad. Hoy en
día, igualdad significa «identidad» antes que «unidad». Es la
identidad de las abstracciones, de los hombres que trabajan en los
mismos empleos, que tienen idénticas diversiones, que leen los
mismos periódicos, que tienen idénticos pensamientos e ideas. En
este sentido, también deben recibirse con cierto escepticismo algunas
conquistas generalmente celebradas como signos de progreso, tales
como la igualdad de las mujeres. Me parece innecesario aclarar que
no estoy en contra de tal igualdad; pero los aspectos positivos de esa
tendencia a la igualdad no deben engañarnos. Forman parte del
movimiento hacia la eliminación de las diferencias. Tal es el precio
que se paga por la igualdad: las mujeres son iguales porque ya no
son diferentes. La proposición de la filosofía del iluminismo, l´ame n'a
pas de sexe, el alma no tiene sexo, se ha convertido en práctica
general. La polaridad de los sexos está desapareciendo, y con ella el
amor erótico, que se basa en dicha polaridad. Hombres y mujeres
son idénticos, no iguales como polos opuestos. La sociedad
contemporánea predica el ideal de la igualdad no individualizada,
porque necesita átomos humanos, todos idénticos, para hacerlos
funcionar en masa, suavemente, sin fricción; todos obedecen las
mismas órdenes, y no obstante, todos están convencidos de que
siguen sus propios deseos. Así como la moderna producción en
masa requiere la estandarización de los productos, así el proceso
social requiere la estandarización del hombre, y esa estandarización
es llamada «igualdad».

La unión por la conformidad no es intensa y violenta; es calma,
dictada por la rutina, y por ello mismo, suele resultar insuficiente para
aliviar la angustia de la separatidad. La frecuencia del alcoholismo, la
afición a las drogas, la sexualidad compulsiva y el suicidio en la
sociedad occidental contemporánea constituyen los síntomas de ese
fracaso relativo de la conformidad tipo rebaño. Más aún, tal solución
afecta fundamentalmente a la mente, y no al cuerpo, por lo cual es
menos efectiva que las soluciones orgiásticas. La conformidad tipo
rebaño ofrece tan sólo una ventaja: es permanente, y no espasmódica.
El individuo es introducido en el patrón de conformidad a la
edad de tres o cuatro años, y a partir de ese momento, nunca pierde
el contacto con el rebaño. Aun su funeral, que él anticipa como su
última actividad social importante, está estrictamente de acuerdo con
el patrón.

Además de la conformidad como forma de aliviar la angustia que
surge de la separatidad, debemos considerar otro factor de la vida
contemporánea: el papel de la rutina en el trabajo yen el placer. El
hombre se convierte en «ocho horas de trabajo», forma parte de la
fuerza laboral, de la fuerza burocrática de empleados y empresarios.
Tiene muy poca iniciativa, sus tareas están prescritas por la
organización del trabajo; incluso hay muy poca diferencia entre los
que están en los peldaños inferiores de la escala y los que han
llegado más arriba. Aun los sentimientos están prescritos: alegría,
tolerancia, responsabilidad, ambición y habilidad para llevarse bien
con todo el mundo sin inconvenientes. Las diversiones están
rutinizadas en forma similar, aunque notan drástica. Los clubs del
libro seleccionan el material de lectura; los dueños de cinematógrafos
y salas de espectáculos, las películas, y pagan, además, la
propaganda respectiva; el resto también es uniforme: el paseo en
auto del domingo, la sesión de televisión, la partida de naipes, las
reuniones sociales. Desde el nacimiento hasta la muerte, de lunes a
lunes, de la mañana a la noche: todas las actividades están
rutinizadas y prefabricadas. ¿Cómo puede un hombre preso en esa
red de actividades rutinarias recordar que es un hombre, un individuo
único, al que sólo le ha sido otorgada una única oportunidad de vivir,
con esperanzas y desilusiones, con dolor y temor, con el anhelo de
amar y el miedo a la nada y a la separatidad?
Una tercera manera de lograr la unión reside en la actividad
creadora, sea la del artista o la del artesano. En cualquier tipo de
tarea creadora, la persona que crea se une con su material, que
representa el mundo exterior a él. Sea un carpintero que construye
una mesa, un joyero que fabrica una joya, el campesino que siembra
el trigo o el pintor que pinta una tela, en todos los tipos de trabajo
creador el individuo y su objeto se tornan uno, el hombre se une al
mundo en el proceso de creación. Esto, sin embargo, sólo es válido
para el trabajo productivo, para la tarea en la que yo planeo,
produzco, veo el resultado de mi labor. Actualmente en el proceso de
trabajo de un empleado o un obrero en la interminable cadena, poco
queda de esa cualidad unificadora del trabajo. El trabajador se convierte
en un apéndice de la máquina o de la organización burocrática.
Ha dejado de ser él, y por eso mismo no se produce ninguna unión
aparte de la que se logra por medio de la conformidad.

La unidad alcanzada por medio del trabajo productivo no es
interpersonal; la que se logra en la fusión orgiástica es transitoria; la
proporcionada por la conformidad es sólo pseudounidad. Por lo tanto,
constituyen meras respuestas parciales al problema de la existencia.
La solución plena está en el logro de la unión interpersonal, la fusión
con otra persona, en el amor.

Ese deseo de fusión interpersonal es el impulso más poderoso que
existe en el hombre. Constituye su pasión más fundamental, la fuerza
que sostiene a la raza humana, al clan, a la familia y a la sociedad.
La incapacidad para alcanzarlo significa insania o destrucción -de sí
mismo o de los demás-. Sin amor, la humanidad no podría existir un
día más. Sin embargo, si llamamos «amor» al logro de la unión
interpersonal, nos vemos frente a una seria dificultad. La fusión
puede lograrse en distintas formas -y las diferencias no son menos
significativas que lo que tienen de común las diversas formas del
amor-. ¿Deberíamos llamar amor a todas ellas? ¿O tendríamos que
reservar la palabra amor únicamente para una forma específica de
unión, una forma que ha sido la virtud ideal de todas las grandes
religiones y sistemas filosóficos humanísticos en los cuatro mil años
de historia occidental y oriental?

Como ocurre con todas las dificultades semánticas, la respuesta sólo
puede ser arbitraria. Lo importante es que sepamos a qué clase de
unión nos referimos cuando hablamos de amor. ¿Trátase del amor
como solución madura al problema de la existencia, o nos referimos a
esas formas inmaduras de amar que podríamos llamar unión
simbiótica? En los pasajes siguientes sólo usaré el término amor para
designar la primera alternativa. Comenzaré el examen del «amor»
con la segunda.

La unión simbiótica tiene su patrón biológico en la relación entre la
madre embarazada y el feto. Son dos y, sin embargo, uno solo. Viven
«juntos» (sym-biosis), se necesitan mutuamente. El feto es parte de
la madre y recibe de ella cuanto necesita; la madre es su mundo, por
así decirlo; lo alimenta, lo protege, pero también su propia vida se ve
realzada por él. En la unión simbiótica psíquica, los dos cuerpos son
independientes, pero psicológicamente existe el mismo tipo de
relación.

La forma pasiva de la unión simbiótica es la sumisión, o, para usar un
término clínico, el masoquismo. La persona masoquista escapa del
intolerable sentimiento de aislamiento y separatidad convirtiéndose
en una parte de otra persona que la dirige, la guía, la protege, que es
su vida y el aire que respira, por así decirlo. Se exagera el poder de
aquel al que uno se somete, se trate de una persona o de un dios; él
es todo, yo soy nada, salvo en la medida en que formo parte de él.
Como tal, comparto su grandeza, su poder, su seguridad. La persona
masoquista no tiene que tomar decisiones, ni correr riesgos; nunca
está sola, pero no es independiente; carece de integridad; no ha
nacido aún totalmente. En un contexto religioso, el objeto de la
adoración recibe el nombre de ídolo; en el contexto secular de la
relación amorosa masoquista, el mecanismo esencial, de idolatría, es
el mismo. La relación masoquista puede estar mezclada con deseo
físico, sexual; en tal caso, trátase de una sumisión de la que no sólo
participa la mente, sino también todo el cuerpo. Puede ser una
sumisión masoquista ante el destino, la enfermedad, la música
rítmica, el estado orgiástico producido por drogas o por un trance
hipnótico; en todos los casos la persona renuncia a su integridad, se
convierte en un instrumento de alguien o algo exterior a él; no
necesita resolver el problema de la existencia por medio de la
actividad productiva.

La forma activa de la fusión simbiótica es la dominación, o, para
utilizar el término correspondiente a masoquismo, el sadismo. La
persona sádica quiere escapar de su soledad y de su sensación de
estar aprisionada haciendo de otro individuo una parte de sí misma.
Se siente acrecentada y realzada incorporando a otra persona, que la
adora.

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