La web de la seducción
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De manera similar, la raza humana, en su infancia, se siente una con
la naturaleza. El suelo, los animales, las plantas, constituyen aún el
mundo del hombre, quien se identifica con los animales, como lo
expresa el uso que hace de máscaras animales, la adoración de un
animal totémico o de dioses animales. Pero cuanto más se libera la
raza humana de tales vínculos primarios, más intensa se torna la
necesidad de encontrar nuevas formas de escapar del estado de
separación.

Una forma de alcanzar tal objetivo consiste en diversas clases de
estados orgiásticos. Estos pueden tener la forma de un trance
autoinducido, a veces con la ayuda de drogas. Muchos rituales de
tribus primitivas ofrecen un vívido cuadro de ese tipo de solución. En
un estado transitorio de exaltación, el mundo exterior desaparece, y
con él el sentimiento de separatidad con respecto al mismo. Puesto
que tales rituales se practican en común, se agrega una experiencia
de fusión con el grupo que hace aún más efectiva esa solución. En
estrecha relación con la solución orgiástica, y frecuentemente unida a
ella, está la experiencia sexual. El orgasmo sexual puede producir un
estado similar al provocado por un trance o a los efectos de ciertas
drogas. Los ritos de orgías sexuales comunales formaban parte de
muchos rituales primitivos. Según parece, el hombre puede seguir
durante cierto tiempo, después de la experiencia orgiástica, sin sufrir
demasiado a causa de su separatidad. Lentamente, la tensión de la
angustia comienza a aumentar, y disminuye otra vez por medio de la
repetición del ritual.

Mientras tales estados orgiásticos constituyen una práctica común en
una tribu, no producen angustia o culpa. Participar en ellos es
correcto, e inclusive es virtuoso, puesto que constituyen una forma
compartida por todos, aprobada y exigida por los médicos brujos o los
sacerdotes; de ahí que no existan motivos para sentirse culpable o
avergonzado. La situación es enteramente distinta cuando un
individuo elige esa solución en una cultura que ha dejado atrás tales
prácticas comunes. En una cultura no orgiástica, el alcohol y las
drogas son los medios a su disposición. En contraste con los que
participan en la solución socialmente aceptada, tales individuos
experimentan sentimientos de culpa y remordimiento. Tratan de
escapar de la separatidad refugiándose en el alcohol o las drogas;
pero cuando la experiencia orgiástica concluye, se sienten más separados
aún, y ello los impulsa a recurrir a tal experiencia con
frecuencia e intensidad crecientes. La solución orgiástica sexual
presenta leves diferencias. En cierta medida, constituye una forma
natural y normal de superar la separatidad, y una solución parcial al
problema del aislamiento. Pero en muchos individuos que no pueden
aliviar de otras maneras el estado de separación, la búsqueda del
orgasmo sexual asume un carácter que lo asemeja bastante al
alcoholismo o la afición a las drogas. Se convierte en un desesperado
intento de escapar a la angustia que engendra la separatidad y
provoca una sensación cada vez mayor de separación, puesto que el
acto sexual sin amor nunca elimina el abismo que existe entre dos
seres humanos, excepto en forma momentánea.
Todas las formas de unión orgiástica tienen tres características: son
intensas, incluso violentas; ocurren en la personalidad total, mente y
cuerpo; son transitorias y periódicas. Exactamente lo contrario ocurre
en esa forma de unión que está lejos de ser la solución que con
mayor frecuencia eligió el hombre en el pasado y en el presente: la
unión basada en la conformidad con el grupo, sus costumbres,
prácticas y creencias. Volvemos a encontrar aquí una evolución
considerable.

En una sociedad primitiva el grupo es pequeño; está integrado por
aquellos que comparten la sangre y el suelo. Con el desarrollo
creciente de la cultura, el grupo se extiende; se con vierte en la
ciudadanía de una polis, de un gran Estado, los miembros de una
iglesia. Hasta el romano indigente se sentía orgulloso de poder decir
civis romanus sum; Roma y el Imperio eran su familia, su hogar, su
mundo. También en la sociedad occidental contemporánea la unión
con el grupo es la forma predominante de superar el estado de
separación. Se trata de una unión en la que el ser individual
desaparece en gran medida, y cuya finalidad es la pertenencia al
rebaño. Si soy como todos los demás, si no tengo sentimientos o
pensamientos que me hagan diferente, si me adapto en las costumbres,
las ropas, las ideas, al patrón del grupo, estoy salvado; salvado
de la temible experiencia dé la soledad. Los sistemas dictatoriales
utilizan amenazas y el terror para inducir esta conformidad; los países
democráticos, la sugestión y la propaganda. Indudablemente, hay
una gran diferencia entre los dos sistemas. En las democracias, la no
conformidad es posible, y en realidad, no está totalmente ausente; en
los sistemas totalitarios, sólo unos pocos héroes y mártires insólitos
se niegan a obedecer. Pero, a pesar de esa diferencia, las
sociedades democráticas muestran un abrumador grado de
conformidad. La razón radica en el hecho de que debe existir una
respuesta a la búsqueda de unión, y, a falta de una distinta o mejor,
la conformidad con el rebaño se convierte en la forma predominante.

El poder del miedo a ser diferente, a estar solo unos pocos pasos
alejado del rebaño, resulta evidente si se piensa cuán profunda es la
necesidad de no estar separado. A veces el temor a la no
conformidad se racionaliza como miedo a los peligros prácticos que
podrían amenazar al rebelde. Pero en realidad la gente quiere
someterse en un grado mucho más alto de lo que está obligada a
hacerlo, por lo menos en las democracias occidentales.
La mayoría de las gentes ni siquiera tienen conciencia de su
necesidad de conformismo. Viven con la ilusión de que son
individualistas, de que han llegado a determinadas conclusiones
como resultado de sus propios pensamientos -y que simplemente
sucede que sus ideas son iguales que las de la mayoría-. El
consenso de todos sirve como prueba de la corrección de «sus»
ideas. Puesto que aún tienen necesidad de sentir alguna
individualidad, tal necesidad se satisface en lo relativo a diferencias
menores; las iniciales en la cartera o en la camisa, la afiliación al
partido Demócrata en lugar del Republicano, a los Elks en vez de los
Shriners, se convierte en la expresión de las diferencias individuales.
El lema publicitario «es distinto» nos demuestra esa patética
necesidad de diferencia, cuando, en realidad, casi no existe ninguna.
Esa creciente tendencia a eliminar las diferencias se relaciona
estrechamente con el concepto y la experiencia de igualdad, tal como
se está desarrollando en las sociedades industria les más avanzadas.

En un contexto religioso, igualdad significó que todos somos hijos de
Dios, que todos compartimos la misma sustancia humano-divina, que
todos somos uno. Significaba también que deben respetarse las
diferencias entre los individuos, que, si bien es cierto que todos
somos uno, también lo es que cada uno de nosotros constituye una
entidad única, un cosmos en si mismo. Tal convicción acerca de la
unicidad del individuo se expresa, por ejemplo, en la sentencia talmúdica:
«Quien salva una sola vida, es como si hubiera salvado a
todo el mundo; quien destruye una sola vida, es como si hubiera
destruido a todo el mundo.» La igualdad como una condición para el
desarrollo de la individualidad fue, asimismo, el significado de este
concepto en la filosofía del iluminismo occidental. Denotaba (como lo
formuló muy claramente Kant) que ningún hombre debe ser un medio
para que otro hombre realice sus fines. Que todos los hombres son
iguales en la medida en que son finalidades, y sólo finalidades, y
nunca medios los unos para los otros. Continuando las ideas del
iluminismo, los pensadores socialistas de diversas escuelas
definieron la igualdad como la abolición de la explotación, del uso del
hombre por el hombre, fuera ese uso cruel o «humanitario».
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