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  04 de Septiembre    Add to Google Añadir a Mi Yahoo! AddThis Feed Button

II. LA TEORÍA DEL AMOR


1. EL AMOR, LA RESPUESTA AL PROBLEMA DE LA EXISTENCIA
HUMANA

Cualquier teoría del amor debe comenzar con una teoría del hombre,
de la existencia humana. Si bien encontramos amor, o más bien, el
equivalente del amor, en los animales, sus afectos constituyen
fundamentalmente una parte de su equipo instintivo, del que sólo
algunos restos operan en el hombre. Lo esencial en la existencia del
hombre es el hecho de que ha emergido del reino animal, de la
adaptación instintiva, de que ha trascendido la naturaleza -si bien
jamás la abandona y siempre forma parte de ella- y, sin embargo, una
vez que se ha arrancado de la naturaleza, ya no puede retornar a
ella, una vez arrojado del paraíso -un estado de unidad original con la
naturaleza- querubines con espadas flameantes le impiden el paso si
trata de regresar. El hombre sólo puede ir hacia adelante
desarrollando su razón, encontrando una nueva armonía humana en
reemplazo de la prehumana que está irremediablemente perdida.
Cuando el hombre nace, tanto la raza humana como el individuo, se
ve arrojado de una situación definida, tan definida como los instintos,
hacia una situación indefinida, incierta, abierta. Sólo existe certeza
con respecto al pasado, y con respecto al futuro, la certeza de la
muerte.

El hombre está dotado de razón, es vida consciente de sí misma;
tiene conciencia de sí mismo, de sus semejantes, de su pasado y de
las posibilidades de su futuro. Esa conciencia de sí mismo como una
entidad separada, la conciencia de su breve lapso de vida, del hecho
de que nace sin que intervenga su voluntad y ha de morir contra su
voluntad, de que morirá antes que los que ama, o éstos antes que él,
la conciencia de su soledad y su «separatidad» *, de su desvalidez
frente a las fuerzas de la naturaleza y de la sociedad, todo ello hace
de su existencia separada y desunida una insoportable prisión. Se
volvería loco si no pudiera liberarse de su prisión y extender la mano
para unirse en una u otra forma con los demás hombres, con el
mundo exterior.

La vivencia de la separatidad provoca angustia; es, por cierto, la
fuente de toda angustia. Estar separado significa estar aislado, sin
posibilidad alguna para utilizar mis poderes huma nos. De ahí que
estar separado signifique estar desvalido, ser incapaz de aferrar el
mundo -las cosas y las personas- activamente; significa que el mundo
puede invadirme sin que yo pueda reaccionar. Así, pues, la
separatidad es la fuente de una intensa angustia. Por otra parte,
produce vergüenza y un sentimiento de culpa. El relato bíblico de
Adán y Eva expresa esa experiencia de culpa y vergüenza en la
separatidad. Después de haber comido Adán y Eva del fruto del
«árbol del conocimiento del bien y del mal», después de haber
desobedecido (el bien y el mal no existen si no hay libertad para
desobedecer), después de haberse vuelto humanos al emanciparse
de la originaria armonía animal con la naturaleza, es decir, después
de su nacimiento como seres humanos, vieron «que estaban desnudos
y tuvieron vergüenza». ¿Debemos suponer que un mito tan
antiguo y elemental como ése comparte la mojigatería del enfoque
moralista del siglo XIX, y que el punto importante que el relato quiere
transmitirnos es la turbación de Adán y Eva porque sus genitales eran
visibles? Es muy difícil que así sea, y si interpretamos el relato con un
espíritu victoriano, pasamos por alto el punto principal, que parece
ser el siguiente: después que hombre y mujer se hicieron conscientes
de sí mismos y del otro, tuvieron conciencia de su separatidad, y de
la diferencia entre ambos, en la medida en que pertenecían a sexos
distintos. Pero, al reconocer su separatidad, siguen siendo
desconocidos el uno para el otro, porque aún no han aprendido a
amarse (como lo demuestra el hecho de que Adán se defiende, acusando
a Eva, en lugar de tratar de defenderla). La conciencia de la
separación humana -sin la reunión por el amor- es la fuente de la
vergüenza. Es, al mismo tiempo, la fuente de la culpa y la angustia.

La necesidad más profunda del hombre es, entonces, la necesidad
de superar su separatidad, de abandonar la prisión de su soledad. El
fracaso absoluto en el logro de tal finalidad significa la locura, porque
el pánico del aislamiento total sólo puede vencerse por medio de un
retraimiento tan radical del mundo exterior que el sentimiento de
separación se desvanece -porque el mundo exterior, del cual se está
separado, ha desaparecido-.

El hombre -de todas las edades y culturas- enfrenta la solución de un
problema que es siempre el mismo: el problema de cómo superar la
separatidad, cómo lograr la unión, cómo trascender la propia vida
individual y encontrar compensación. El problema es el mismo para el
hombre primitivo que habita en cavernas, el nómada que cuida de
sus rebaños, el pastor egipcio, el mercader fenicio, el soldado
romano, el monje medieval, el samurai japonés, el empleado y el
obrero modernos. El problema es el mismo, puesto que surge del
mismo terreno: la situación humana, las condiciones de la existencia
humana. La respuesta varía. La solución puede alcanzarse por medio
de la adoración de animales, del sacrificio humano o las conquistas
militares, por la complacencia en la lujuria, el renunciamiento
ascético, el trabajo obsesivo, la creación artística, el amor a Dios y el
amor al Hombre. Y si bien las respuestas son muchas -su crónica
constituye la historia humana- no son, empero, innumerables. Por el
contrario, en cuanto se dejan de lado las diferencias menores, que
corresponden más a la periferia que al centro, se descubre que el
hombre sólo ha dado un número limitado de respuestas, y que no
pudo haber dado más, en las diversas culturas en que vivió. La
historia de la religión y de la filosofía es la historia de esas
respuestas, de su diversidad, así como de su limitación en cuanto al
número.

Las respuestas dependen, en cierta medida, del grado de individualización
alcanzado por el individuo. En el infante, la yoidad se
ha desarrollado apenas; él aún se siente uno con su madre, no
experimenta el sentimiento de separatidad mientras su madre está
presente. Su sensación de soledad es creada por la presencia física
de la madre, sus pechos, su piel. Sólo en el grado que el niño
desarrolla su sensación de separatidad e individualidad, la presencia
física de la madre deja de ser suficiente y surge la necesidad de
superar de otras maneras la separatidad.

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